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El Mundo Unipolar de Hoy Por: José Darío Arredondo López |
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Cuando usted lea esto seguirán cayendo bombas sobre las desoladas tierras de Irak. La escasez de agua y los alimentos minarán la energía de los sobrevivientes y agravarán el estado de los heridos. Los muertos se habrán incrementado y la sangre de mujeres, niños y ancianos correrá por las calles y formará arroyos, juntamente con la de los defensores de Bagdad. La labor libertadora de Estados Unidos se teñirá de rojo y púrpura, en medio de los estallidos de fuego y metralla y el azoro internacional, y habrá más elementos para contestar la pregunta que George W. Bush formulara tras los sucesos del 11 de septiembre en Nueva York: “¿Por qué nos odian?”
La humanidad acabará convencida de la inutilidad terapéutica de repetir infinitamente las bondades de la democracia y el american way of life ante el horror de la muerte indiscriminada de miles de seres humanos a lo largo del siglo XX y lo que va de éste, en nombre del bien supremo del mercado y el dólar que, por otra parte, proclama que “in god we trust”. El horror se acentuará en la medida en que los ciudadanos de México y el resto del mundo petrolero caigamos en cuenta de que la real motivación de la máquina militar de nuestros vecinos se reduce a una sola palabra: petróleo. El asalto a las reservas petroleras de Irak data de mucho tiempo. Usted recordará el episodio de la “Guerra del Golfo”, en la que los Estados Unidos tuvieron un papel protagónico con el consenso de la Organización de las Naciones Unidas. Dicho organismo sancionó a Irak de manera que ahora cambian petróleo por alimentos, lo que hace permanecer en estado de sitio a esa infortunada nación, con el consecuente estado de semiparálisis de las actividades económicas distintas a la petrolera, de manera que la población en un alto porcentaje depende de las despensas que el gobierno distribuye. Sanción inhumana e irresponsable a fin de cuentas, que por si misma imposibilita la vida cívica al concitar sentimientos de frustración y dependencia que en nada contribuyen a la marcha del pueblo hacia la normalidad política. Por un pretexto baladí Estados Unidos y corifeos atacan Irak, subrayando la inutilidad de la diplomacia ante los imperativos del dólar. La protesta internacional sube de tono y llega hasta las escuelas, penetra en la conciencia de los niños, de los jóvenes, de los adultos y los unifica en torno a una proclama: “No a la guerra”. Las bombas siguen cayendo sobre Irak mientras que la verdad sobre los alcances del drama iraquí se abre paso entre los obstáculos de una conspiración de silencio y mentira, orquestada desde Washington. Tenemos frente a nosotros, humanidad atónita y expectante, una brutal agresión contra libertades fundamentales de la humanidad, contra la misma esencia de lo humano. Contra la razón y contra el futuro. Pero también tenemos una interrogante y una disyuntiva, terrible y compleja: ¿cómo será el mundo tras la invasión a Irak y qué debemos hacer para que éste sea habitable? Está claro que cumplir los caprichos de Estados Unidos a la larga se revierte contra el país que cede, también es claro que la resistencia se puede pagar con sangre y opresión. La unidad de los pueblos está condicionada a un esquema de conveniencias que de la mezquindad pasan al oportunismo y de éste al servilismo apenas encubierto. El mundo libre dejó de serlo para convertirse en una especie de franquicia cuya matriz pasa de la condescendencia a la exigencia más irracional, brutal si se quiere. Pero de cualquier manera la idea de nación, la importancia práctica de lo local, la prístina vocación integradora de lo vecinal son elementos que vertebran nuestro paso por la vida, a despecho de la uniformidad arbitraria que impulsa e impone la potencia militar más abrumadora de la historia. Así las cosas, la inestabilidad de un pueblo es la inestabilidad del sistema mundial. La subyugación de un pueblo es el yugo de la humanidad y la pobreza así generada en la calidad de vida y en la involución política de las naciones, son, apenas, los signos y síntomas de una cruda enfermedad cuyo pronóstico empieza a ser público: el imperialismo es una realidad cancerígena que corrompe y destruye, es hipócrita y falsa, cruel e inhumana, es genocida y perversa, pero es, sobre todo, reveladora de la vulgaridad del discurso de la modernidad, del progreso, si este se basa solamente en la explotación de los pueblos, al mal de muchos y el beneficio de pocos. En resumidas cuentas es el fracaso de un sistema que confunde a conveniencia la moral con el mercado, el bien con el más pedestre egoísmo, la realidad con la apariencia. Estados Unidos es una potencia imperialista confesa. Al mundo, en un ejercicio de dignidad humana, toca juzgar y condenar al delincuente. Correo electrónico: dario@rtn.uson.mx |
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