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Los Viejos y la Novedad Por: José Darío Arredondo López |
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En el gobierno se han hecho bolas al intentar darle la vuelta a un hecho irrefutable: el envejecimiento de la gente. Han tratado de mil maneras de ocultar este hecho natural, como si fuera un baldón social el reconocerlo. Tan es así que de repente nos encontramos con declaraciones solemnes que califican a los viejos como “adultos en plenitud”, en una verdadera vacilada de cuyas consecuencias nadie se hace cargo.
El adulto en plenitud es, en todo caso, aquel que en pleno goce de sus capacidades mentales, tiene a su favor una plena capacidad física; es decir, es fuerte, lúcido, sano, potente y con un ánimo que le permite afrontar retos, contando además con una posición económica y profesional consolidada, además de haber integrado una familia. Pudiera suponerse a este sujeto en el rango de edad de entre los 35 y los 60 años. De los 60 en adelante, las facultades empiezan a declinar de manera más visible, por lo que la “plenitud” no es característica general sino particular. En este sentido, el calificativo de “viejo” puede aplicarse con mayor o menor justicia, aunque de cualquier manera va adquiriendo una connotación excluyente. Las bromas, que casi nunca tienen origen ingenuo, sirven para golpear la dignidad de las personas, por lo que lenta pero segura la autoestima empieza a resentir el chiste, la alusión jocosa, el comentario casual, el dedo acusador y la marginación en actividades que siendo normales se reservan por exclusión a los “jóvenes”. La idea de éxito, de romance, de sexo se asocia selectiva a la juventud, la cual tiene espacios potencialmente más amplios. Al parecer es la edad la que contiene los atributos del logro, de la asertividad, y no la conciencia del individuo, ni su conocimiento, ni su experiencia además de la actitud. En consecuencia, los viejos empiezan a serlo desde el momento en que alguien más joven se instala como censor, como juez encaramado en sus propias circunstancias y méritos, en confrontación con el otro. En el trabajo, la lucha de los jóvenes contra los viejos significa la confrontación de dos visiones del éxito: el que lo tiene y el que lo quiere; el que está y el que quiere estar. Las alusiones sarcásticas hacia los viejos son la forma de ofensa y defensa del joven, quien por el hecho de serlo siente el derecho de ocupar “la plaza” como propio y califica de usurpador al otro, al de más edad. El ser mayor no significa necesariamente la pérdida del interés por lo nuevo. El proceso de envejecimiento está ligado a la desconexión de la realidad a partir de que el ritmo de los cambios es más rápido que la capacidad de reacción o respuesta del sujeto que los observa, y se carece del interés necesario para las adaptaciones requeridas. Una adaptación no significa la aceptación lineal de la novedad, sino que puede ser bastante crítica e incluso contraria a la moda que se impone. El asunto está en que la contribución a la sociedad, al grupo o a la institución están condicionados a algo que no depende de la preparación de los sujetos, ni a su disposición para aportar: depende de la edad, la cual establece un límite infranqueable para todos y así, destruye a todos. El ser viejo socialmente, aniquila con mayor crueldad que ser viejo en el sentido fisiológico e intelectual. Es una especie de antesala mortuoria instaurada por los prejuicios de los que quieren fijar las reglas de la naturaleza, desde una fracción social. Ahora, en los tiempos que corren, nos encontramos con una agresión más a los viejos: la ineptitud gubernamental impulsada por la voracidad de la economía globalizada, pretende reducir la protección social al ampliar la edad de jubilación, con lo que la gente mayor deberá de seguir consumiéndose hasta la inutilidad, para así gozar solo un poco de lo que ahora goza en calidad de jubilado. La avidez del sistema económico por la sangre de los trabajadores no respeta ni siquiera a los que le sirvieron como donadores cautivos durante sus años juveniles y adultos. Están ampliamente documentadas las pensiones de hambre que se reciben, la falta de atención y en muchos casos de cobertura de los servicios fundamentales de salud para los viejos, sin considerar que cerca de la mitad del total de ancianos en México no gozan de protección alguna. La seguridad social va de la mano con las expectativas de que la esperanza de vida se conserve con dignidad. Su colapso es cosa bien sabida. Las novedades son tan elementales que más parecen una broma sangrienta: el gobierno llama a los empresarios a emplear a los viejos, y a todo mundo a autoemplearse, a ser un empresario, sin comprometer el esfuerzo presupuestario en la creación de empleos dignos. Se llama a la iniciativa privada a invertir, a los extranjeros a incorporarse a este enorme pastel de oportunidades que cada vez está más ligado a los intereses del gran capital trasnacional. La seguridad social es una barrera de contención de la ruptura social, del acuerdo para la producción que debe haber entre el capital y el trabajo, en cada unidad productiva. Pero, al parecer en el gobierno no hay quien sea capaz de pensar en las ventajas presentes y futuras de conservar y ampliar la planta productiva nacional, para beneficio de ésta y las generaciones futuras, que en su momento legarán a ser viejos y requerirán del apoyo del Estado y sus instituciones. Correo electrónico: dario@rtn.uson.mx |
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