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Precarismo Educativo
Por: José Darío Arredondo López
Se sabe, porque alguien lo averiguó, que Sonora tiene un largo camino por recorrer en materia educativa. No está la situación para llorar, pero sí existe rezago. El gobierno se propone ponernos en los primeros lugares nacionales, así que por eso el trabajo será duro. Las intenciones, sin duda, son buenas, solamente que existe un inconveniente: faltan recursos económicos para lograrlo.

En el nivel nacional, la educación ha merecido el desprecio presupuestal más grande registrado en décadas. Los científicos se quejan de que el sector al que pertenecen está desprotegido, marginado de las prioridades reales del sexenio que corre. Así las cosas, docencia e investigación son actividades que figuran en el catálogo discursivo del neoliberalismo mexicano, pero sólo allí, porque en la asignación de recursos merece más atención la alimentación de los altos mandos burocráticos que el cultivo de la mente y el espíritu.

En la realidad, la educación sufre un viraje hacia la derecha, es decir, hacia una forma de exclusión de las capas sociales empobrecidas y a favor de los que pueden pagar su educación. Esto se demuestra por la restricción presupuestal de la educación pública en todos los niveles, a cambio de empujar esquemas de índole privatizante en el seno de las instituciones.

En las universidades, por ejemplo, el programa de cuotas estudiantiles representa una fuente de ingresos que parcialmente releva al Estado de su obligación de apoyar a la educación (y todavía hay instituciones que presumen de su capacidad de captar cuotas), cuyo costo gravita en el presupuesto familiar, aunque se emplee una zanahoria en forma del promedio semestral que, de ser alto, hace disminuir el monto a pagar, hasta la exención cuando rebasa los noventa puntos.

Las cuotas son una forma de pago que se impone al estudiante y que condiciona su estancia en la universidad. Se dice que contribuyen a responsabilizar al estudiante al crear en ellos la cultura del pago con el estímulo del descuento o la exención. Lo que en realidad ocurre es que la calificación se convierte en el objetivo a lograr, a como dé lugar, no tanto el conocimiento. A partir de aquí cambia la relación docente-estudiante para convertirse en una de carácter comercial: el estudiante es cliente y el docente es un prestador de servicios.

Quienes viven en el ambiente académico, saben bien que eso da lugar a formas de corrupción o simplemente de simulación. Maestros ineptos son bien evaluados porque usan la zanahoria del promedio a fin de manipular la buena voluntad de los estudiantes venidos a clientes semestrales. Alguien puede asistir un par de veces en el semestre y arreglarse al final. Las estadísticas de “aprovechamiento” pueden dar cifras altas, tanto como los simuladores quieran.

Es innegable que el sistema educativo pasa por malos momentos. Su mercantilización no resuelve el problema, sino que lo profundiza. Su privatización encubierta da cuenta de la cancelación de un valor social importante: la solidaridad. En este sentido, el gobierno debe buscar recursos que hagan posible conservar en el sistema educativo público el supuesto de la gratuidad.

La ideología del mercado como valor absoluto, encarnada en los gobiernos neoliberales, no ha resuelto, en más de veinte años de vigencia, los problemas de asignación de recursos, de equidad en la distribución del ingreso, de justicia social, de seguridad social y pública, de calidad de vida, en general. Lo que ha logrado es la depauperación social y natural del país.

Al parecer, la educación sufre con rigor nunca visto los estragos de la desarticulación social merced al cálculo de costo-beneficio mercantil. El sentido de pertenencia de estudiantes y maestros, su vinculación afectiva, co-responsable en el proceso de enseñanza-aprendizaje, pasa a formar parte de los valores del pasado, impensables en la universidad moderna e informatizada.

La modernidad ha llevado a la escuela mexicana a producir analfabetas funcionales, a llevar a jóvenes bachilleres a un egreso cuyo destino es la universidad y a frustración. Hay gentes, muchas, que llegan a la educación superior sin saber leer y escribir salvo a niveles elementales y precarios, que los imposibilitan a abstraer en el nivel requerido para su correcta formación académica. No comprenden los conceptos, los rudimentos matemáticos, la trabazón social mexicana y su evolución histórica. Pero son buenos para el “chat”, actividad que consume su tiempo y energías: tenemos analfabetas informatizados.

Mientras las autoridades sigan la inercia perversa del modelo económico impuesto a México, las quejas de lo que ocurre en las familias y el la sociedad en general serán simple farsa, lágrimas de cocodrilo. Tenemos un precarismo académico que resulta de confundir educación con capacitación, gobierno con negocio, alumno con cliente. Debemos aterrizar, y, rescatar valores. Lo contrario es hundirse.

Correo electrónico: dario@rtn.uson.mx
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