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Adiós al Papa
Por: José Darío Arredondo López
El sábado 2 de abril, a las 9:37 pm, hora de Roma, murió Juan Pablo II, pontífice romano. El Obispo de Roma, sucesor de San Pedro y Vicario de Cristo en la Tierra había terminado una larga lucha en la que puso en vilo al mundo y demostró que la voluntad si no mueve montañas, si puede mover en algo la conciencia de los hombres y los pueblos.

Para creyentes y no creyentes, la figura del papa polaco pasó a ser importante en los 26 años de su pontificado, y de tal manera, que la imagen y la palabra del pontífice tuvieron singular influencia en los acontecimientos políticos y sociales del último cuarto de siglo. Los gobernantes lo veían con respeto y la gente con arrobada simpatía.

Desde luego que no todas las ideas y pronunciamientos del Papa fueron recibidos con la misma consideración. Por una parte, su fervor anticomunista le llevó a una exitosa lucha contra el eje soviético, influyendo en su final disolución; por otra sus ataques y severas críticas a la Teología de la Liberación, produjo la pérdida de una forma de apostolado cercano a los miserables del tercer mundo, a los pobres de Iberoamérica, para solaz de las empresas transnacionales que azotan a nuestros países; pero, por otro lado, valga el ejemplo de su crítica al capitalismo salvaje, en pleno viaje hacia Estados Unidos.

Hombre de firmes convicciones, pero hombre al fin, actuó según sus principios, pero así como dio, quitó. Sus visitas a México fueron de enorme influencia en un pueblo atrapado en la transición neoliberal, en pleno abandono del Estado Social emanado de la Revolución de 1910-17, y en pos del Estado pro-empresarial, mercantilizado y tránsfuga de sus deberes constitucionales, en aras del mercado como medio y como fin.

Aquí fortaleció la esperanza de muchos en medio del abandono de las instituciones que otrora garantizaban estabilidad y una visión nacionalista del quehacer público. El pueblo vio en el Sumo Pontífice una mano amiga y una palabra que les llenara el alma, vacía de significados en la barata de banqueta que liquidaba activos nacionales en forma de empresas estatales prioritarias y no prioritarias, pero nacionales en fin y además generadoras de empleos.

La desnacionalización de la economía hizo que las prioridades vieran hacia los intereses de los inversionistas extranjeros, hacia una mayor participación de la inversión extranjera directa privada, hacia las franquicias de comida rápida y la vorágine de los negocios instantáneos que no pasaban por la caja registradora del fisco nacional.

Las consecuencias de una mala y errónea política económica, desnacionalizada, patronalizada e inequitativa, obró el milagro de la multiplicación de los pobres y, con ellos, de los males sociales: altos índices de criminalidad en los centros urbanos, inseguridad pública que se vino a complementar con la inseguridad social, al verse privatizadas las pensiones y jubilaciones de los trabajadores, al verse vulnerada la salud pública y fortalecida la práctica privada, la que cobra, la que cuesta y ata al paciente a su nueva condición de “cliente”.

Los valores sociales pasan a ser privatizados y con ellos la idea de familia, de relación, de obligación para con los hijos. La pareja trabaja porque no hay de otra, porque no alcanza para el gasto, porque el salario dejó de ser remunerador y su capacidad adquisitiva tiende a pulverizarse, así como la estabilidad familiar, así como la expectativa de los hijos de llegar a ser lo que de plano ya no fueron sus padres.

El Obispo de Roma llena vacíos, resana fisuras, cura heridas que aunque siguen profundizando, su palabra contiene la abundancia de dolor que en otras formas se desborda y choca contra la prudencia, contra el miedo a la ley, pero que ahora fluye con resignada parsimonia. La fe obra milagros, porque controla el hambre y la sed de justicia.

La palabra papal permite visualizar un mundo más justo, mientras que los gobernantes hacen lo posible por ignorar la ley y, con ella, sus obligaciones constitucionales, en aras de la modernidad, la puesta al día de sus administraciones ahora informáticas y con el ISO 9000, el que sea, en la palma de la mano. El gobierno virtual suple con éxito al gobierno virtuoso, reclamado de diversas maneras por el Obispo de Roma.

Tras la caída del comunismo, la pobreza de los pueblos y la miseria moral de los gobiernos se erigen como los enemigos de la fe cristiana; el catolicismo en palabras de Juan Pablo II reclama un mundo más justo. El demonio y sus miserias asumen la forma de un modelo económico que excluye y aniquila, como también corrompe la legalidad y hace imposible la justicia.

En México, como en otras partes, la familia como institución es una de tantas que deben modernizarse, reducir sus pretensiones de trascendencia para pasar a las felices modalidades que sugiere el hedonismo; la familia es lo que la pasión y la obsesión dicten; los hijos y la elevada función de criarlos, se puede negociar, so pena de pasar al archivo muerto donde quedan las incomodidades del pasado, de antes del ISO 9000.

El gobierno provee las condiciones para que la familia no sea tan competitiva en la era de la globalización, pero en cambio la promueve a pesar de su desprecio por la vertiente humana que debiera sustentar. En medio de una fuerte contradicción entre lo que se dice y lo que se hace, la política nacional se declara cadáver sin posibilidades de resurrección. La empresa pública cae víctima de la presunción de convertirse en privada y seguir cumpliendo con los objetivos sociales que la memoria guarda como si fuera su vínculo con la razón.

El desastre neoliberal ha permitido la ubicación de islotes de racionalidad, recurso cada vez más escaso a la par que codiciado. La naturaleza humana supone trascendencia, asunto que aminora la desesperada percepción de abandono que emana del ambiente organizacional de las nuevas empresas de los emprendedores modelo: Afganistán, Irak y, quizá pronto, Irán. El petróleo llama y su llamado es un llamado de muerte.

El Papa llama por la paz, por la supresión de la guerra, por el cese de la agresión en contra de los más pobres, directa e indirectamente, de forma mediata e inmediata. Paz, no guerra, ahora y para siempre.

La muerte del Papa desencadena la andanada de declaraciones autojustificatorias, que lindan entre la hipocresía y la trivialidad, entre la manipulación y la ignorancia supina. Habla George W. Bush, pero también lo hace Vicente Fox. El azoro producto de las declaraciones se une al azoro de la muerte y el dolor que se transforma en ceremonia, en liturgia, en un adiós reiterativo y único. Descanse en paz, Juan Pablo II, Obispo de Roma. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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