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Al pie de la tumba Por: José Darío Arredondo López |
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La clase política acusa una seria tendencia necrófila que aparenta ofrenda respetuosa, memoriosa impotencia y panegírico sugerente de emulaciones futuras. El culto al muerto resulta ser, por lo que se ve, políticamente correcto.
Luis Donaldo Colosio Murrieta pasó de ser el trágico candidato del PRI a una especie de icono al que hay que quemar incienso cada cierto tiempo; antes cada aniversario del asesinato cometido en Lomas Taurinas, Tijuana, y ahora cada que las huestes políticas se definen como electorales. Todos los partidos buscan la manera de alabar al extinto político que habría de suceder a Carlos Salinas sin dejar de ser “congruentes” con sus respectivas coordenadas partidistas. La fe particular se matiza en un eclecticismo de asombrosa plasticidad, de una sorprendente calidad mimética alrededor del posible triunfo electoral que algo tiene de homenaje al mártir del salinato. Izquierdas y derechas invocan al extinto Colosio tomados del trapecio emocional que rinde dividendos políticos en un mundo sin ideologías definidas ni definitivas. Los partidos políticos dejan de ser expresión de fuerzas ideológicas que buscan el poder para transformar a la sociedad en un sentido preciso, trazar el rumbo de la historia que habrán de escribir pueblo y gobierno inspirados en los documentos básicos, en la carta ideológica y política que compromete y dignifica. Ahora se vale el travestismo político, el cambio público de camiseta y resto de la ropa interior en un vodevil en donde la falta de recato y el cinismo pasan por ser méritos suficientes para aspirar a una candidatura. La noticia de que Alfonso Durazo Montaño pasa a apoyar la campaña de Andrés Manuel López Obrador parece abonar lo arriba señalado. El político reciclado fue colaborador cercano del magdalenense achilangado asesinado, se formó políticamente a la sombra del salinismo, de la pragmática de los neoliberales de guarache que pensaron que México debía estar en la nómina de los países del Primer Mundo. La idea que defendieron, del país y de la realidad nacional, resistió un sexenio entero, el de Carlos Salinas de Gortari, para al final declararse ajenos y al margen de ese gobierno de un México injusto y sediento de justicia. A partir del 6 de marzo de 1994 pudieron iniciar una campaña deslindada o en vías de hacerlo, con el pasado que ayudaron a construir, pateando el pesebre donde antes plácidamente dormían. Pero la muerte llegó. La negación del pasado se convierte en estrategia política, en maquillaje instantáneo que difumina arrugas, verrugas y manchas de la piel. El nuevo rostro, limpio y luminoso puede ver de frente a sus electores y el hombre cambia de piel, de ideología, de partido político, de modos y maneras, pero conserva un rasgo definitivo de su personalidad: la ambición electoral, el hambre de poder, la compulsión por el escenario. Alfonso Durazo es un necrófilo político porque de ello alimenta su imagen. Vendió caro su amor al foxismo y luego renunció en un momento preciso. Abandonó al PRI porque no le dieron la candidatura que deseaba, con lo que demostró que no era hombre de partido, un militante auténtico en el sentido ideológico-político, sino un burócrata detrás de la figura de un político prominente. Ahora se deja querer por el peje; otro prominente político que parece poco remilgoso en materia de ideologías en su cosecha de militantes “de abajo”. Militantes “de abajo” y bajunos hay muchos, pero no son tantos los que llegaron al poder detrás del trono quemando incienso al mecenas en turno, para que, al final del sexenio la ruptura con el pasado sea de nueva cuenta el argumento estelar de futuros lanzamientos, al libre juego de la oferta y la demanda política. La prostitución es un problema no de erotismo sino de pesos y centavos, no es un problema de impudor sino de mercadotecnia y manejo de imagen. La intimidad bien vendida puede ser la clave del negocio. A doce años de la muerte de Colosio muchas cosas han cambiado. El asesinato como argumento político persuade al simple ciudadano de las bondades del martirio como plataforma de lanzamiento electoral de algunos. Para los demás es simplemente el poder de la ilegalidad manifiesto en las estructuras político-electorales. La volatilidad de las convicciones y la poca firmeza de las militancias le dan un toque prostibulario a la política y a los políticos, inútil para el avance de la democracia pero esencial para la ilegitimidad del propio sistema, y la puesta en duda de las ofertas de campaña abona el terreno de la disidencia civil, de la decepción electoral. Se ponen en peligro las instituciones, todas, y la salud de la República sufre serios descalabros. México es víctima de una vulgaridad extrema en materia política, de la ramplonería de una derecha amoral y pedestre, de una izquierda oportunista e infantil y de una vieja clase política que no ha logrado nada además de tener hijos enanos. Pero aun así, los acontecimientos que marcan el fin de un gran ciclo en la vida política nacional sólo pueden ser señal de vida, de una vida que se habrá de renovar quizá con dolor, pero sin duda con esperanza. Votemos, en todo caso, por el menos malo, porque no hay mejores. Por ahora. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
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