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Lo que es nuevo
Por: José Darío Arredondo López
Cada tanto tiempo, la sociedad se convulsiona como víctima de retortijones producto de parásitos intestinales; cae víctima de nauseas y sudaciones para terminar en un sonoro pedo que retumba y cimbra las instituciones fundamentales de la sociedad, las económicas, las políticas, las sociales; entre estas últimas, la familia.

Los malestares sociales no se resuelven con la sonora flatulencia, pero terminan disipando la atención que reclaman y se convierten en otra cosa, nuevamente llamativa, posiblemente reivindicatoria, probablemente justa, fatalmente transitoria. La sonoridad de los reclamos termina en alguna ley, en alguna reforma, en alguna oficina, en alguna de las callejuelas del aparato gubernamental y, en la medida en que se legalizan, pierden legitimidad.

La asamblea legislativa del DF aprobó por mayoría la creación de “sociedades de convivencia”, eufemismo con el que los homosexuales podrán adquirir un estatus legal, sin que suponga matrimonio, pero que para los efectos prácticos y en virtud de la inercia quizá llegue a confundirse con éste.

La denominación “sociedad de convivencia” es, después de todo, una especie de redundancia, porque para ser sociedad se supone la convivencia.

La familia, a la que se le apellida “tradicional”, es una sociedad basada en la consanguinidad, a partir de la unión de dos personas, precisamente para fundarla, de la que se derivan derechos que son sustentados básicamente por el aporte genético de los fundadores.

Para que se tenga descendencia, en los términos arriba señalados, debe existir convivencia, y si nos apuramos, coexistencia; aporte afectivo y material de ambos, de acuerdo con sus características fisiológicas y anatómicas, más el aporte psicológico propio de esta interacción.

La convivencia, que se da en el más estricto ambiente de pluralidad, dadas las diferencias de ambos fundadores, permite la creación de lo que es, propiamente, el aporte de la familia y que se transmite a la descendencia: un código de conducta, valores y tradiciones, idea de mundo, forma de ser y de pensar, que si bien es cierto no es permanente, si es definitivo para la formación de la nueva generación. Es, finalmente, un punto de partida, una referencia que permite orientación y guía a los hijos, hasta que esta se modifica en función de nuevas y propias interacciones y experiencias.

La idea de que existe un “nuevo tipo de familia” es, por lo menos, peregrina. El hecho de que dos personas, parientes, vivan juntas, no tiene por qué reglamentarse, porque subsiste una relación que es familiar.

Dos personas carentes de relación familiar, pueden llegar a constituir familia cuando existe voluntad de hacerlo, y por más que usted lo discuta, dos personas del mismo sexo están imposibilitadas anatómica y fisiológicamente para hacerlo, porque la familia supone la fundación de una sociedad entre distintos con el fin de tener descendencia, lo cual está desde hace mucho tutelado por la ley. Cuando por enfermedad no es posible, queda el recurso de la adopción, quedando a salvo la presencia de los dos sexos y el aporte conductual de los mismos en calidad de padres.

La protección de los hijos naturales o legales queda garantizada a través del compromiso que se establece por vía de la institución matrimonial. Queda garantizada también la continuidad de la especie y la preservación de los usos y costumbres particulares de la comunidad a la que pertenece la familia como célula social.

La unión legal de personas del mismo sexo no cumple con ninguna de las finalidades trascendentes o no de la familia. Si no es así, entonces ¿qué finalidades cumple?

Desde el punto de vista económico, las sociedades homosexuales presentan un frente altamente codiciado para el comercio y la banca, porque las prioridades de éstas son la autosatisfacción. El carácter hedonista de este tipo de relaciones permite suponer que quedan nulificadas las responsabilidades sociales de la familia en aras de procurarse un cerco protector contra críticas, ataques o simplemente la sensación de soledad que frente a la sociedad padece el que es diferente, o mejor dicho, marginal.

La marginalidad del homosexual producto de sus prácticas sexuales pretende ser revertida a través de un instrumento legal, por lo que la ley queda subordinada o en calidad de instrumento de un sector minoritario en cuanto a inclinaciones sexuales, que se traducen en un tipo de práctica íntima absolutamente inútil para los fines reproductivos de la sociedad.

Así las cosas, mediante un instrumento legal, las relaciones sexuales entre iguales, pretenden pasar de algo íntimo, personal, privado, a algo público, evidente, abierto y hasta ejemplar. El argumento es que así se elimina la discriminación.

Resulta bastante pueril suponer que con una ley los iguales van a poder tener un estatus similar a los que son distintos. La diferencia entre un hombre y una mujer permite, con ley o sin ella, que usted y yo estemos sobre la faz de la tierra.

¿Por qué no mejor reconocer las ventajas materiales y emocionales de la diferencia? ¿Por qué no mejor proteger al producto de la interacción de los evidente y claramente diferentes, en vez de querer igualar lo que, por interés social, debe ser reconocido en su diferencia?

Me parece que la homosexualidad es un problema que va a pasar de algo relativamente protegido por la vida privada, a un problema de salud pública. Pero, en aras de la modernidad, le tratamos de jugar vencidas a la naturaleza humana. Al tiempo.

Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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