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A escondidas
Por: José Darío Arredondo López
La noche del 30 de noviembre fue el preámbulo para una insólita ceremonia que se llevó a cabo mientras sonaban las doce campanadas del fin de sexenio. Inició con la aparición del aún presidente de México, Vicente Fox Quesada, acompañado del mínimo Felipe Calderón, en su calidad formal de presidente electo.

Vicente Fox portaba la banda presidencial, ante miembros de su gabinete y los del designado por Calderón, quien recibió de manos de Fox el poder presidencial, al serle entregado simbólicamente en forma de una bandera que “lo acompañará durante el sexenio”.

La casa presidencial de Los Pinos se convirtió en una especie de cuartel militar, para servir de escenario de una ceremonia nocturna, que invocaba los espíritus del poder presidencial extraconstitucional en un remedo ritual que lindaba la frontera entre Foxilandia y el golpe de Estado técnico.

Resultó ser una toma del poder de facto, pragmático y ridículo. Lo primero porque pasó por alto la tradición mexicana de respeto a las formas de la sucesión. No esperó Calderón a rendir la protesta de ley ante el Congreso de la Unión, para empezar a ejercer el poder presidencial, prestándose a una curiosa e irregular ceremonia no prevista por las leyes mexicanas.

El inicio de la gestión presidencial fue, quiérase o no, al margen de la ley y del respeto a la investidura como mandato popular que debió de ser, para cualquier efecto, celebrado ante la representación de la soberanía popular, es decir, ante el Congreso de la Unión.

La precocidad del ejercicio presidencial tuvo una especie de colofón una vez que llegó el día: la protesta que debió rendir en primer lugar fue, en efecto, el último acto ceremonial. Entró por detrás, a escondidas, a la tribuna de San Lázaro, tras una toma anticipada de la tribuna por parte de los legisladores del PAN, haciendo el papel de porros fervorosos de la formalidad ausente de contenido patriótico.

Gritaban los panistas que era por México, el respeto a una mínima expresión formal exigida por la Constitución. Fue una protesta rapidita, sorpresiva, casi por asalto, vergonzosa para quien entienda la dignidad que debió tener el acto de asunción de la responsabilidad presidencial.

Felipe Calderón se convirtió por obra de una jugada futbolera en presidente constitucional, sin que la aceptación o rechazo le importara, sin que la protesta de los legisladores del PRD y demás integrantes del Frente que reclama legitimidad en el proceso sucesorio, pudiera alterar su ambición por la banda presidencial.

Santiago Creel alardea que fue una acción planeada al detalle, que llevó a Calderón a rendir protesta de manera rápida, a hurtadillas, entrando por detrás de la tribuna, por el área de trasbanderas, cobijado en un desmesurado operativo militar que se complementó con la porra albiceleste, apoderada desde días antes de la tribuna.

Si fue una acción concertada, les salió bien, lo que no quiere decir que la idea de que el fin justifica los medios sea moral o políticamente correcta. Fue una especie de asalto que los panistas perpetraron inopinadamente. Fue la utilización del ejército para la imposición de la voluntad facciosa de un partido político, con lo que se sienta un precedente nada legítimo, nada democrático, nada republicano.

La torpeza contumaz, esencial de Fox, se vio sincronizada y potenciada con la torpeza golpista de Calderón, ayuno en valores ciudadanos, según se vio desde el proceso electoral caracterizado por su opacidad y dispendio, por su desaseo comprometedor de la democracia en beneficio de los intereses del capital.

Primero, el sexenio terminó con una especie de ritual nocturno, y el día 1 de diciembre nos entregó la experiencia de una entrada a hurtadillas, tras bambalinas, del que conducirá los destinos del país durante los próximos seis años.

Fue una protesta rapidita, mínima, como mínimo es el perfil de Felipe Calderón. Tenemos un gabinete bonsái encabezado por un titular del Ejecutivo, amigo según se comprobó, de jugar a las escondidas, de usar la fuerza de porros legislativos y militares ahora definidos como la guardia personal del panismo entronizado. Pobre ejército nacional, ahora personal; pobre redefinición del partido en el poder y pobre caracterización del Ejecutivo.

Seguramente los abogados constitucionalistas tendrán mucho que pensar, los partidos políticos mucho que considerar, y la ciudadanía bastante de qué preocuparse.

Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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