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El año que no termina
Por: José Darío Arredondo López
A pesar de que sabemos que la duración del año es de doce meses, también sabemos que los efectos de las decisiones que se toman en el ámbito político y gubernamental suelen tener efectos que rebasan los límites de la cronología convencional.

Por ejemplo, el efecto Fox difícilmente se borrará por el solo hecho de que ya terminó su período. Tan es así que la trivialidad y los efectos cosméticos mediados por el oligopolio televisivo y sus asociados en los medios impresos, siguen dejando constancia del desastre nacional ocasionado por la ridícula farsa que vivimos durante los últimos seis años.

A partir del año 2006, el proceso electoral sucesorio presidencial terminó de la manera en que se garantiza la continuidad de un gobierno de derechas, pero con un complejo de culpa por los excesos de trivialidad cometidos por una fracción perteneciente al ala inculta del panismo.

Felipe Calderón aparenta asumir la sobriedad republicana exigida en el titular del Poder Ejecutivo nacional, lo que resulta lo menos exigible en las condiciones en que quedó el país. Rescatar lo que la necedad foxista desdibujó, por ejemplo en lo de los símbolos patrios, es un paso necesario para adquirir algo de la legitimidad que no logró en las urnas, a juzgar por la opacidad de la elección.

Pero, resulta que el ahora presidente constitucional no tuvo empacho en protagonizar una farsa más, la postrer del foxismo, en los últimos minutos del día último de noviembre, recibiendo una bandera en una ceremonia clandestina o, por lo menos reservada y exclusiva, en la residencia oficial de Los Pinos.

Llegó al Congreso de la Unión, a cumplir el ceremonial de rigor para la asunción del cargo de presidente, después de haber dado posesión de cargos a los miembros de las diversas carteras que lo auxiliarán en el gobierno. Tal cosa ocurrió tras un dispositivo militar que logró colocarlo en el interior del recinto legislativo, en medio de una muy evidente oposición por parte de fuerzas sociales que no es posible ignorar.

Así la cosas, el inicio de la gestión gubernamental plantea no pocas interrogantes, que se ven abonadas por la percepción generalizada de que la derecha quizá sea buena para los negocios privados, mas no necesariamente para el ejercicio de las funciones públicas.

“Más de lo mismo” puede ser una definición práctica del actual gobierno, si se toma en cuenta lo precario del esfuerzo presupuestal en beneficio del empleo y la calidad de vida. Se perfila un panorama desprovisto del sentido de solidaridad social que debiera ser imperativo en las acciones del gobierno.

Baste el ejemplo de la parte asignada a la educación y sobre todo al subsistema de educación superior, para tener idea de lo que se entiende por “competitividad”, “calidad de vida”, “México ganador”.

La negra noche del neopanismo se reedita con la llegada del nuevo secretario de Gobernación, el conocido represor de Jalisco. Asimismo, la llegada de un empleado del FMI a la secretaría de Hacienda nos puede dar idea de que la política económica privilegiará el equilibrio presupuestal y la contracción de la demanda por la vía del control del salario.

Dicho de otra manera, regatear el gasto social, tratar de profundizar las privatizaciones y contener el incremento del salario en términos reales, a fin de que la presión por el lado de la demanda no rompa el equilibrio del sistema económico.

Los bajos salarios y una seguridad social cada vez más reducida, permitirán a las empresas una mayor rentabilidad en términos relativos, con lo que se podrán conservar los empleos existentes y crear otros sin ninguna garantía de estabilidad ni prestaciones.

El incremento anunciado al salario mínimo, habla por sí mismo de esta situación: se aumenta $1.90 el salario mínimo, con lo que de cualquier manera se simula la atención al consumo por vía de la capacidad adquisitiva; es decir, se hace como que se aumenta el salario, condenando en la realidad al trabajador a consumir menos. La canasta básica resulta ser un artículo de lujo.

Se continúa con el proceso de descapitalización de la industria petrolera, privilegiando en los hechos la intromisión del capital privado extranjero en las obras de ampliación, perforación y extracción del petróleo. En general, el sector energético está destinado a satisfacer las expectativas de lucro de los grandes consorcios extranjeros, en detrimento del ambiente y de las posibilidades de aprovechamiento productivo nacionales.

Sigue pues, un gobierno que simula un sentimiento nacionalista que en realidad no tiene. Sigue la simulación que pretende hacer pasar por fondo la forma ridícula del neoliberalismo de guarache. El lenguaje pierde significado y se convierte en una máscara que encubre un complejo de símbolos que suponen traición a las obligaciones constitucionales del ejercicio del poder.

La noche continúa y el año que debiera terminar, parece prolongarse hasta que el cuerpo aguante. La nación está, hoy por hoy, dividida y ofendida. Salen de más los discursos acerca de la unidad nacional y el acuerdo entre las diversas fuerzas sociales.

El año que viene será, por mucho, el nuevo escenario en el que, reeditada, se dará la lucha por la nación. El ciudadano común seguramente se sentirá convocado al ver que su salario le alcanza para menos, a pesar del discurso político que habla de las maravillas logradas en bien de la nación. Al tiempo.

Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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