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Amenaza Telefónica Por: José Darío Arredondo López |
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El teléfono, esa maravillosa invención, ha resuelto grandes problemas de comunicación al hacer posible que usted, yo, que cualquiera que tenga uno de estos aparatos pueda, prácticamente, comunicarse con cualquier ser humano en cualquier parte del mundo, si las condiciones los permiten.
Desde luego que las maravillas de la Internet sobrepasan cualquier tipo de ponderación, pero finalmente es el teléfono el campeón de la comunicación al ser accesible y, pudiera decirse, omnipresente. Desde luego que no voy a endilgarle una parrafada explicativa o de tipo histórico sobre el teléfono. Lo que voy a hacer es contarle cómo el invento para la comunicación se convierte en algo más. De repente, suena su teléfono a las seis de la mañana, el repiqueteo termina por despertarlo y, con el alma en vilo, sale de la cama haciendo verdaderos alardes atléticos hasta llegar al origen de la alarma. Levanta el auricular invocando a ángeles y santos, pasan por su mente los parientes cercanos y lejanos que pudieran haber sufrido un accidente, un parto malogrado, un infarto al miocardio, una apoplejía fulminante, un ataque severo de migraña, alguna caída con consecuencias fatales; algo, ese algo siniestro que despanzurra la tranquilidad de hogares y familias. En medio de pensamientos lúgubres, le toma por asalto una voz chilanga, femenina por lo general, dueña de una amabilidad fingida, casi rencorosa, enfundada en una fría cordialidad. Le pregunta si tiene el gusto de hablar con usted, citando su nombre completo, como acusándolo de algún crimen a punto de ser cometido, o con la seguridad de aquel que le dice: “ya sé lo que hiciste el verano pasado”. Tras la fría interrogación que simplemente constata si usted es la víctima amodorrada de un asalto a la intimidad, la voz le reclama el pago de una mensualidad vencida de Santander-Serfín (o de una de las tiendas de Carlos Slim). El tono de la voz abandona la cordialidad y pasa a adquirir matices inquisitoriales al cuestionar, inquirir, exigir la fecha en la que usted pagará lo que debe. La llamada adquiere rasgos de autoflagelación cuando a usted se le ocurre pedir explicaciones del por qué de lo inapropiado de la llamada, toda vez que ya tiene cubierto el adeudo. El sistema no miente, el sistema no falla, el sistema es Dios. La chilanga que vive en un mundo en el que existe un solo huso horario, se ostenta por lo general como la “licenciada Chilánguez”, y habla del corporativo bancario. Asume una actitud prepotente al ver que la amabilidad sonorense es una realidad aun en tiempos del neoliberalismo avícola, regaña aun sin hacerlo y la cordialidad termina por esfumarse en medio de verdosas emanaciones de adrenalina. Ahora, pero por la tarde, recibí la llamada de la licenciada Chilánguez. La atendí con la cordialidad que merece esa voz desconocida que se siente dueña de su oído y de su voluntad, una especie de gran hermano auditivo, y le señalé que ella no me hablaba del banco, que seguramente era empleada de un despacho de cobranza y que, en todo caso, debía de informarse primero, antes de molestarme. Colgué, con la satisfacción del que ha cumplido un deber sagrado. Sentí recuperada mi autoestima, mi derecho ciudadano a espantar los zánganos bancarios (o a su servicio) que rondan nuestras orejas, que pisotean nuestra intimidad, dejando al descubierto nuestros temores, preocupaciones, angustias, vulnerabilidad. La licenciada Chilánguez se quedó con un palmo en las orejas, asunto que no la afectará de ninguna manera, porque para trabajar en ese oscuro y siniestro ministerio, debe ser una personalidad subdesarrollada, mezquina, que necesita del hostigamiento y la sensación de poder que proporciona, aunque sea solamente como un forúnculo funcional en las adiposidades bancarias. Las llamadas telefónicas son una prueba del temple de usted, de su fortaleza emocional y su cordura, pero también de la autoestima que, en cualquier caso, debe conservarse invicta. ¡Duro con ellos! Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
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