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Señoras y Señores
Por: José Darío Arredondo López
A las 9:30 de la mañana llegué al Salón Gobernadores respondiendo a la invitación que me hizo el gobierno del Estado, para oír la noticia de que la historia de Sonora sería rescatada en DVD y transmitida por televisión próximamente.

Las 9:30 y sereno, las 9:30 y una pequeña multitud de autoridades civiles y eclesiásticas, o sus representantes, se arracimaban entre perplejos y exultantes, posando para la foto, siendo registrados por cámaras y, en algunos casos, micrófonos, para una posteridad inmediata.

Los minutos transcurrían con la suave música de fondo de la refrigeración, que atenuaba el despropósito cultural de acudir en traje y corbata, de negar lo candente del sol sonorense, de las inclemencias de un calor húmedo, chocante, capaz de convertir los sacos masculinos en pequeñas cápsulas deshidratantes, en mini saunas ortopédicos, en cuestión de minutos.

La cháchara de los grupos, segmentos o estratos, sofocaba a veces la advertencia de que debían ocupar sus lugares. Primera llamada, primera llamada. Las entrevistas de prensa menudeaban entre los corrillos, las filas de ordenadas sillas metálicas provistas por alguna empresa dedicada a la logística festiva, hacían de pasillos para reporteros y fotógrafos.

Los cuellos se levantaban imitando a las tortugas cuando quieren ubicar el alimento, oteado el aire del salón pletórico de cuadros con las imágenes de los próceres que gobernaron Sonora, en algún tramo de la historia local. “Favor de ocupar sus lugares...” Segunda llamada, segunda llamada.

A lo largo del dilatado salón formaban con disciplina militar los asientos que, en su mayoría eran ocupados por una concurrencia representativa, por alguna razón, de la “sociedad civil”. Caras conocidas y por conocer, caras desconocidas y por olvidar, caras coronando una anatomía que enfundada en ropas invernales hacían de paradoja expectante en un lugar destinado a los grandes eventos oficiales donde el sudor queda atrás.

En lo personal, cumplí mi propósito de acudir sin los accesorios que la formalidad impone, y mi atuendo fue pantalón y camisa formales pero apropiados al clima sonorense. La corbata quedó colgada de un gancho en el ropero y en su lugar llevé una nueva dosis de tolerancia al discurso tradicionalmente hueco que suele dispensarse en tales acontecimientos.

Los acomodos y reacomodos en el asiento se vieron compensados ante la expectativa de que el asunto fuera a fluir por fin. La voz de Roberto Rodríguez advirtió sobre esa posibilidad: “Favor de ocupar sus lugares...”, y el anuncio de que hacía “acto de presencia el señor gobernador del estado Ing. Eduardo Bours Castelo”, quien iba acompañado de señora esposa y Enrique Krauze (puede decirse el culpable de la convocatoria). Tercera llamada, tercera llamada y ¡comenzamos!

La aparición del gobernador Bours y cauda de acompañantes, marcó el inicio del acto protocolario y fue la señal de un abandono unánime de los asientos, para aplaudir de pié con entusiasmo heterogéneo el ingreso del gobernador.

El tono de la voz del maestro de ceremonias marcaba con puntualidad los momentos en que se debía aplaudir, aportando un aire de organización escolar en día de honores a la bandera que a la vez que conmovía por ser tan conocido, reforzaba ese condicionamiento al elogio o a la reverencia que inspira el poder, en un Sonora de instituciones y, según después se nos ilustró, democrático igual que el resto del país.

El sonido de acompañamiento de la refrigeración se vio opacado y diluido por una especie de marcha de fuerte acento regional, que subrayaba el toque pueblerino del evento. Por un momento me trasladé como espectador de sombra al momento en que Aureliano Buendía fue, llevado por su padre, a conocer el hielo, en aquella feria itinerante que llegó un día a Macondo.

Carlos Moncada (neurona asalariada del poder) fue el primero en ocupar la tribuna, o más bien el podio en el que se apoyan los papeles que hay que leer. Memorioso, anecdótico, inteligente, con un ligero aire de independencia que sirvió para reafirmar la indeclinable vocación institucional que ahora se proclama democrática, pero que de alguna manera sirve de aval al estado perfecto imaginado por Hegel cuando su dialéctica se congela y petrifica en el Estado Prusiano.

Nos queda claro que ya ni la nostalgia es como antes, que ahora los productos de la crítica y la rebelión alcanzan su autosuficiencia didáctica al ponerlos en DVD, con lo que las maravillas de la tecnología permiten convertir la historia en un comercial con atributos académicos.

Fernando Tapia, director de la cultura oficial de Sonora, se cuidó de opacar el discurso de Moncada y optó por la tesitura gris que corresponde al orador moderado, políticamente correcto, dispuesto a intrascender en aras de la armonía de conjunto.

Enrique Krauze tomó la palabra. Educado, habilidoso, con una pátina de cultura que supone universalidades cuidadosamente dosificadas en un coloquialismo capaz de recordar personajes entrañables, a la distancia de un tiempo en que él escribía libros, y que ahora, en la era de la televisión como secretaría de educación nacional, coordina guionistas, camarógrafos, historiadores, etcétera, para hacer posible el rescate de la historia como teleserie.

Serán, según anunció Krauze, cuatro videos que pasarán, supongo yo, en horario nocturno por el canal que aloja a México Nuevo Siglo, segmento de Editorial Clío en cadena nacional.

La sensación de comercialización de la historia no puede compensar la bondad de la difusión cultural e histórica de manera masiva, la cultura es un producto que cambia su presentación cada que la demanda lo indica; la historia debe verse y no leerse y menos reflexionarse, la historia debe adecuarse a la mentalidad del espectador de la lucha libre y los reality shows, debe ser producto vendible, comercializable, porque es, Clío, una empresa que se dedica a eso.

La labor del historiador debe llegar a rescatar las historias que deben ser contadas, y cada comunidad tiene una historia que contar. Pero, la historia en DVD no necesita contarse, debe verse y oírse como se ve una película más, como espectáculo enlatado, como marca que ampara un contenido que puede ser cualquiera.

Sonora, gracias a Krauze como mercader de la historia, se proyecta en cadena nacional, seguramente por el canal de las estrellas, seguramente como un show con ribetes académicos, seguramente como producto sucedáneo de la historia que debiera ser contada.

Al final de los discursos, queda la sensación de que Sonora es un producto que se promueve, que el discurso oficial es demasiado pobre como para ser cierto, de que la democracia autoproclamada es un mantra que se repite demencialmente y no llega a convencer al ciudadano de carne y hueso, el que vive y sufre la desigualdad intrínseca de nuestra vida cotidiana.

La historia oficial hecha comercial de televisión, o farsa técnicamente moderna, termina siendo un espectáculo mediocre, y permite suponer que las maravillas del DVD y su pronta comercialización sean virtudes que sirven a otra causa, no necesariamente la nuestra.

Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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