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Rituales Por: José Darío Arredondo López |
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Siempre era esperada con ansia la fecha en que se realizaría la Ceremonia del Grito. Acudir a la plaza a gozar de los eventuales empujones, los roses sospechosos, los aromas agresivos que encubrían suciedades largamente cultivadas, los sonidos estridentes de una cultura musical pasada por la criba de la tecnología disponible, la emoción de la pirotecnia sobre las cabezas, la anticipación de la fórmula que sería pronunciada por el gobernante en turno.
Localmente, se vería la ceremonia desde la plaza, participando periféricamente o como parte de la coreografía que recogerían las cámaras de medios impresos o las de televisión. Se podía ver en la comodidad del hogar, lejos de las inconveniencias del trato directo, lejos del calor humano que se desquita patrióticamente de la cotidianeidad que, lejos de liberar, oprime y aniquila. El estar frente al televisor evitaría la efusividad etílica, la lubricidad clandestina de los que van a sobar y a imaginar escenarios improbables en la práctica; sería vehículo de fuga para los que no soportan la chabacanería de los actos protocolarios que suplen la realidad de mala manera. En el Distrito Federal, la ceremonia del Grito, permite estar cerca sin estarlo realmente, vitorear a los héroes que nos dieron patria y libertad y ver la historia a través del velo que protege y disimula la ineficiencia gubernamental, la inepta caricaturización del compromiso constitucional de procurar el desarrollo económico, político, social, cultural de los mexicanos. Lejanía que se acrecienta en la medida que la realidad es sustituida por una copia pirata que promete bienestar y permite medir la popularidad del gobierno mediante la relación inversa de los decibeles que generan los enormes aparatos de sonido. El presidente de la república protagoniza un rito que no entiende ni respeta, arenga a las masas a cumplir un destino que ha sido cambiado por una boleta de empeño, a cambio de ser cabeza de playa para la aniquilación de las libertades consagradas en la guerra de Independencia. La ceremonia del Grito, no nos libera, no nos da independencia y libertad, no rescata la memoria de los que nos las dieron en el siglo XIX, no nos hace hermanos por decreto, no nos permite sentirnos parte de otra cosa que no sea un fraude electoral en medio de una larga cadena de fraudes contra la nación, contra nuestra identidad, contra nuestra posibilidad de ser. La plaza puede aparecer en las fotos, atestada de gente, si consideramos que son gente los militares de civil, los policías de civil, los militantes porristas del gobernante legal, que no legítimo, de este país. Nos perdemos en las apariencias porque queremos creer en ellas, en asumir con madurez domesticada los pasos que debemos seguir en el camino hacia la civilidad. Pero, los actos de rebeldía de Hidalgo, Allende, Guerrero, Mina, Josefa Ortiz de Domínguez, ¿fueron actos de inmadurez al oponerse a la tiranía? ¿Entendemos el mensaje que cada año nos envían, desde la historia nacional, los que se atrevieron a decir “no” a la irracionalidad petrificada en los rituales, en las buenas costumbres, en lo políticamente correcto? Leemos y oímos y no entendemos, vivimos las contradicciones del sistema y no entendemos. La mediocridad genera comodidad si no la cuestionamos. Si la dejamos estar entre algodones, si no miramos al espejo con cordura, porque locos podremos ver lo que nos convenga. Dejamos de dar la cara, de asumir responsabilidades, grandes o pequeñas, y aceptamos cualquier idea de globalización sin tomar en cuenta que la globalización no funciona si no funciona lo nacional, es decir, si la nación no tiene claro cuál es la vía más conveniente hacia el futuro, de todos modos el futuro llegará, pero como a otros les conviene. Los héroes que nos dieron Patria y Libertad marcaron el inicio de una nación, sus bases esenciales, pero depende de las generaciones futuras hacer realidad los ideales que los inspiraron. ¿A qué le tiramos hoy, sino a ser algo así como tucsonenses honorarios? Si los símbolos patrios están hechos en Hong Kong, en China o en algún país maquilador, ¿que es lo que generamos nosotros? Debiéramos darle contenido al simbolismo mediante una actuación consecuente y patriótica todos los días, y así gozaríamos de los beneficios de la globalización al usar sus productos sin desnaturalizar el contenido histórico que tienen, del que, finalmente, sólo nosotros somos responsables. Los rituales son lazos de unión, recordatorios de lo que fue y merece ser preservado, pero el ritual no funciona sin memoria y sin una práxis responsablemente asumida. En ese sentido, la masa reunida en el zócalo de la ciudad de México o en la Plaza Zaragoza, sin una vida cotidiana consecuente, es simplemente masa reunida en torno al ritual patrio que se celebra, de una u otra manera, cada año. Lo curioso del asunto es que nos vamos con la finta de la visión ceremonial de nuestros actos y compromisos, sin entender que las acciones diarias de cada cual son la base de cualquier ritual, son la sustancia vida de lo que puede llegar a consagrarse como ceremonia, celebración, ritual. Los héroes de la Independencia, los caudillos de la Revolución, ¿se preocuparon por la escenografía conmemorativa de sus actos? Eso lo inventaron otros, que quizá ni siquiera estuvieron en el lugar de los hechos y en la acción. Confundimos memoria con acción o pasión del sujeto histórico. Por eso nos refugiamos en las ceremonias, porque pueden ser evasiones en la construcción de una nueva vida, construida por otros, de acuerdo a sus circunstancias, a su modo y manera. Somos irresponsables y por eso dependemos del exterior sin enriquecer a uno u otro polo de la relación. La ceremonia del Grito debiera ser la celebración de un año de lucha por los ideales de los que nos dieron Patria y Libertad, pero sin embargo, la vida corre por un pasillo alterno, está en una parte del zócalo capitalino, no llega a Palacio Nacional ni como invitado, menos como inquilino. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
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