|
|
|
|
||||||||||
|
||||||||||
|
La Realeza Por: José Darío Arredondo López |
||
|
Como se sabe, había un rey de chocolate con nariz de cacahuate. Había una princesa Caramelo y había también caballeros de reluciente armadura, damas con altos peinados y caballeros con modales cortesanos; aromas indefinibles porque un olor luchaba contra otros que no se dejaban dominar; había sedas y encajes, blasones y títulos nobiliarios, ceremoniales complejos que hacían brillar la carne como si no lo fuera y el boato y la pompa suplían debilidades humanas y las miserias quedaban opacadas por la circunstancia.
La apariencia era realidad porque ésta solamente reflejaba la naturaleza de la relación social que quedaba establecida por la memoria y por la práctica vigente. Abajo, en los entretelones de la vida cotidiana, se sabían de los apuros a la hora de evacuar el intestino, para lo que se contaba con un mueble que simulaba un trono, con una oquedad que permitía que cayeran las heces y los líquidos producto de la micción. Algún cortesano estaba comisionado para asistir al monarca en los menesteres de carácter sanitario y asumía la responsabilidad de limpiar las reales nalgas, hacer el aseo que se revestía de protocolo, circunstancia, ritual, cercanía con la corporeidad ajena que daba lustre y prestigio a quien lo ejecutaba en la humanidad del soberano. Al género humano le ha costado muchas vidas y no pocas revueltas, asonadas, motines, disturbios de diversa magnitud y guerras, revoluciones y mentadas de madre. A la sociedad le ha costado transformaciones dolorosas y siglos de cicatrización tras las convulsiones sociopolíticas que la sangran y mutilan. A la época de las exploraciones y el establecimiento de un sistema colonial, siguió una explotación frenética de los recursos naturales de los pueblos colonizados; se instauraron estructuras similares a las existentes en los países metropolitanos reafirmando la dominación por vía de la invasión cultural e ideológica. Se subordina por las armas y se somete por la ideología, por la cultura, por el idioma. La misma dinámica de un sistema impuesto desde lejos, lleva a las colonias a independizarse, una vez asimiladas las tradiciones ajenas, los usos y costumbres implantadas con sangre, las reglas del juego hechas norma de conducta propia. Pero, las conveniencias de grupos en pos de la hegemonía al interior de las estructuras coloniales incuban la matriz de los nuevos países, ahora independientes de sus metrópolis, pero atados a las formalidades del sistema de economía-mundo bajo la égida de los países de industrialización temprana. Los movimientos de independencia cruzan el tiempo marcado por el siglo XIX latinoamericano y, con ello, la eclosión de un nuevo mapa de relaciones políticas y económicas en el mundo que termina por definir sus alcances en la primera mitad del siglo XX. Mientras que en el siglo XIX mexicano se rompe dramáticamente con las ideas monárquicas en el Cerro de las Campanas, en el siguiente siglo se concluye el ciclo de las dictaduras de corte militar y, con los defectos y tropiezos propios del caso, México ratifica su vocación republicana. Hoy vivimos, en el siglo XXI, en una democracia con defectos, con claroscuros que no cambian nuestra voluntad republicana, democrática, representativa y popular. Por esta ruta siguen con mayor o menor fortuna los pueblos de Iberoamérica su camino hacia la paz y la concordia, hacia el progreso y la prosperidad, a pesar de las acechanzas de los antiguos y modernos países metropolitanos. Hoy tenemos a la vista la sociedad de Estados Unidos e Inglaterra que son la locomotora que jala los vagones de España y otros en el viejo mundo, de manera que España colonial sigue sus viejos vicios adobados por la etapa franquista en que se alineó con Alemania e Italia en una aventura racista, que pudo en peligro la vida y libertades de muchos pueblos. La España postfranquista no ha podido acallar los ecos fuertes de la República que fue acogida en el exilio por el gobierno de Lázaro Cárdenas, y que en un ejercicio de congruencia rompió relaciones con el gobierno fascista de Francisco Franco. Fue durante el gobierno de López Portillo que, tras la muerte de Franco, reestableció relaciones con el nuevo gobierno español encabezado por el actual monarca, Don Juan Carlos de Borbón, con lo que se termina nuestra relación con el gobierno republicano y el exilio mengua y se extingue formalmente. La democracia se pone de moda en España y se consume como se consumen los productos que viene del exterior, con fruición, con desbordante asiduidad, con gula que propicia indigestiones que, como tales, dificultan una buena digestión. El español se desborda en el consumo de la democracia sin razonarla, sin integrarla a su conciencia política plenamente, de suerte que mientras desborda los linderos de su represión anímica persiste en las diferencias políticas entre vascos, catalanes y el gobierno de Madrid. La vieja España lucha a muerte con la nueva, en un duelo en donde la conciencia del origen autonómico se confabula contra sí misma en el tablero de ajedrez de la identidad española y la europea, tras el tratado de Mastritch. Pero también lucha contra sus ligas históricas con América Latina en aras de una relación acomodaticia y vergonzosa con Estados Unidos e Inglaterra tras la invasión a Afganistán e Irak. Con ese fardo llega al siglo XXI, su pasado franquista se reconfigura con el neofranquismo de los gobiernos más apegados a Estados Unidos, en un mundo que sugiere la necesidad de que la hispanidad se reencuentre en condiciones de igualdad. Pero, el rey de España manda callar a un presidente latinoamericano, opuesto a los designios de Estados Unidos y el fundamentalismo bushiano sobre nuestro continente y el mundo civilizado. ¿Quién debe callar? ¿Quién debe ser consecuente al actuar en los foros internacionales donde está presente la evidencia de nuestras raíces comunes? Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
| Para una mejor consulta de este producto se recomienda utilizar el navegador Microsoft Explorer 4.0 (o superior) o Netscape Navigator 4.0 (o superior). |