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Memoria y espacios urbanos Por: José Darío Arredondo López |
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Una ciudad como Hermosillo, capital de Sonora, cuenta con espacios cuyo principal mérito y vocación es la de preservar la historia, la cultura material que, en un momento determinado, era funcional a la idea de progreso y a las posibilidades físicas y técnicas para llevarla a cabo. La idea plasmada en obra tangible permite que el observador actual entienda la vida y milagros de sus ancestros, establece un lazo de unión entre pasado y presente, permite apreciar la evolución de la ciudad y supone la posibilidad de avizorar el futuro. El avance entre el pasado al presente, no puede ser más claramente expresado y objetivado si no es que por vía de la comparación entre lo que había y lo que hay en la actualidad. Así las cosas, cuando apreciamos edificios como el de la antigua Inalámbrica, el del actual Instituto Sonorense de Cultura, la casa del doctor Arias, y los comparamos con el del Congreso del Estado, los edificios Sonora y México del Vado del Río, o con el de la Torre Hermosillo, o los correspondientes a los hoteles Kino, San Alberto, Gándara, respecto al del actual Valle Grande y Araiza, por ejemplo, seguramente algo en nuestra mente nos conectará a épocas y estilos diferentes no sólo por lo que la imagen nos sugiere, sino por la diferencia tecnológica que suponemos está presente en la obra material. Para el simple observador ciudadano, como el que esto escribe, tales diferencias pueden resultar significativas para establecer, siquiera de manera empírica, que el tiempo relativiza nuestra idea de progreso y de sus expresiones más nítidas, como lo son la concepción de comodidad y funcionalidad. El espacio, su uso y distribución, permiten identificar el tiempo que los definió y el contenido de esta definición en términos de cultura y progreso. La ciudad es un inmenso y abigarrado conjunto de imágenes yuxtapuestas, de expresiones ideológicas y de posibilidades técnicas para llevarlas a cabo. El espacio-tiempo de Hermosillo está en sus calles y avenidas, en sus construcciones pero también en los espacios abiertos, como vínculo entre la acción del hombre y su asidero natural. Para cualquier economista formado en la idea de que la diferencia entre un país pobre y uno rico descansa en la producción y las condiciones que la hacen posible, no puede ser signo de progreso que los espacios naturales (áreas verdes, parques y jardines) deban eliminarse de manera sistemática para construir conjuntos de edificios con propósitos comerciales. La lógica del desarrollo debe ser la que privilegie el equilibrio entre el ambiente natural y la obra humana, entre la capacidad técnica, financiera y productiva y su entorno geográfico, entre los recursos naturales disponibles y el avance de la cultura urbana. Respecto a esto último, en ninguna parte del mundo civilizado se parte del supuesto de que los edificios antiguos o simplemente viejos, están desprovistos de interés histórico y turístico. Menudean los ejemplos de viejas construcciones que aun prestan servicios útiles y socialmente importantes, como escuelas, hospitales, teatros, salas de arte, entre otros, sin contar con aquellas dedicadas al hospedaje público o las reservadas a la habitación familiar. En nuestra ciudad de Hermosillo, sin embargo, ha sido necesario que mediara la acción ciudadana para evitar un atentado contra la memoria colectiva, como fue, por ejemplo, el caso del internado Coronel J. Cruz Gálvez, en donde los intereses del gobierno y la iniciativa privada coincidieron en el desalojo y el cambio de destino del terreno del plantel. Las ambiciones pedestres manifestadas a nombre del progreso se estrellaron contra el sólido muro de la conciencia ciudadana, permitiendo que el internado siguiera prestando sus valiosos servicios a la comunidad. No fue el caso del parque de Villa de Seris, donde la propia Comuna se prestó al juego del gobernador del Estado, prácticamente al servicio del capital privado y contra la voluntad de los hermosillenses, aun en lucha. El asunto merece estar en la mente de los estudiosos de los fenómenos urbanos, habida cuenta su indudable impacto en el ambiente, en la memoria histórica y en la salud pública de la ciudad capital de Sonora. Cabe aclarar que, pese a lo absurdo de la medida de destruir el parque en aras de construir un conjunto de edificios con fines comerciales, con el argumento del progreso, la derrama de ingresos por vía del empleo, la atracción de inversiones y demás, el caso de Hermosillo no es único. No voy a dar ejemplos fuera del país, como ciertos casos de depredación en España, donde ya resulta alarmante el avance del cemento por encima de la flora y la fauna, sino uno relativamente cercano como lo es San Miguel de Allende, Guanajuato (La Jornada, 21/07/2008). Sucede que una empresa extranjera pretende construir un hotel de cinco estrellas y un campo de golf, con el consiguiente daño ecológico a la zona, en la que existe una variada flora y fauna y además pinturas rupestres. El propio presidente municipal, el panista Jesús Correa Ramírez, se ha dado a la tarea de visitar a los ejidatarios propietarios del terreno de 1200 hectáreas, a fin de convencerlos de que vendan a un precio de 20 pesos el metro cuadrado. El argumento que esgrime el ayuntamiento de San Miguel de Allende es que “no puede dejar ir una inversión tan cuantiosa, que generará empleos en el municipio”, según el secretario de la comuna, Christofer Thomas Finkelstein Franyuti. La siempre presente preocupación de que los ciudadanos tengan “una mejor calidad de vida”, pasa por la venta de tierras ejidales a consorcios que seguramente no respetarán las normas ecológicas y pasarán por alto cualquier estudio de impacto ambiental que les sea adverso, pretende justificar la acción del gobierno municipal a favor de intereses privados, convierte al presidente municipal en un simple agente inmobiliario, dejando de lado la responsabilidad pública y la obligación de respetar y cumplir las leyes. Por lo pronto, 700 pobladores del ejido afectado y de ocho pueblos más están en contra del proyecto. Las consideraciones sobre el daño ecológico corren a cargo de los campesinos y otros pobladores de la zona, el recuento de los milagros de la privatización, la atracción de inversiones y la generación de empleos, están de lado de los inversionistas y del gobierno que los solapa. Hermosillo con su parque de Villa de Seris, es un mal ejemplo nacional, así como un baldón en la conciencia de todos los ciudadanos que acusaron indiferencia, ignorancia o simplemente apatía en defensa de su propio derecho a tener un ambiente respirable, que permita la recarga del acuífero y que por obra de los árboles ahora abatidos, hubiera menos contaminación. Hermosillo y San Miguel de Allende, uno priista y el otro panista, comparten la típica miopía y cortoplacismo neoliberal, verdadera enfermedad en el gobierno y la administración pública, nacional, estatal y, como queda demostrado, municipal. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com, y las “Notas Sueltas” en: http://jdarredondo.blogspot.com |
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