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La política y las moscas
Por: José Darío Arredondo López
La moda de los debates pudiera representar un logro de la democracia, por cuanto se ventilan una serie de tópicos frente a un conjunto ciudadano que puede ser masivo en ciertas circunstancias. Los candidatos se presentan reunidos y la exposición de sus ideas deriva de una agenda previamente determinada y moderada por algún personaje de los medios de comunicación. Los cinco, seis o más temas eje de la exposición se abordan uno a uno, por lo que los candidatos, en un orden preestablecido, hablan acerca de estos y al final, se concede un tiempo breve para resumir y enviar un mensaje político. Se invita a una especie de jurado para que califique el desempeño de los participantes y, al final, declaran que tal o cual fue el ganador del debate.

La cultura televisiva muchas veces genera la ilusión de que evita el azaroso trámite de conectar intencionalmente una neurona con otra, es decir, una sinápsis, con lo que nos conectamos de manera directa (sin intermediarios o referentes que tengan que ver con la cultura, la organización de la información, los criterios de selección de la información o los prejuicios y atavismos que constituyen nuestra personalidad), con la imagen y el sonido, absorbiendo el contenido que nos envían mediante las ondas hertzianas.

No nos esforzamos, no nos metemos en la tarea de entender y discernir los fascinantes escenarios de la política; simplemente vemos y oímos y nos emocionamos ante el espectáculo televisivo, y lo asumimos como se asume la lucha libre, el béisbol, el fútbol o cualquier otro “bol” de su preferencia. El espíritu deportivo nos invade y derrumba las murallas de la racionalidad, la inteligencia queda en plan de recurso hedonista y nos entregamos al frenesí del deporte, la pasión por la adrenalina, la ausencia del asco por el sudor, las secreciones voluntarias e involuntarias de la cultura física y el paroxismo de la acción que, de ser lúdica, pasa a razón de ser y de existir.

Cancelada la racionalidad de los actos y el discernimiento y selectividad del pensamiento político, comprometido con la ideología o la práctica del clientelismo subsistencial de coyuntura, queda incólume el espíritu de lucha que desde la comodidad del hogar o la oficina, nos coloca en la palestra donde se decide el futuro estatal o municipal: el debate entre candidatos tiene la emoción de la lucha libre y el refinamiento morboso de una película softporno para el espectador onanista que acepta como sucedáneo de la política la comedia, el drama, el sainete y la farsa.

En una especie de remedo del American Idol, las acciones histriónicas de los candidatos se juzgan y evalúan, así que al final tenemos un ganador. Algún jurado solemne, integrado por académicos y gentes de razón decide quién se lleva las palmas y, una vez acabada la fiesta, “vuelve el pobre a su pobreza, vuelve el rico a su riqueza y el señor cura a sus misas”. Así que, terminada la catarsis, el espectáculo pedestre de los deschongues verbales, cambiamos de canal porque el show “se acabó, el sol nos dice que llegó el final, por una noche se olvidó, que cada uno es cada cual.”

El jurado proclama al ganador del evento, con lo que se abona el terreno de una decisión que solamente debiera ser tomada por el ciudadano en ejercicio de su derecho a decidir políticamente mediante el voto. El jurado, en este caso, hace las veces de cerebro prestado del elector, con lo que la democracia queda vestida y alborotada y la manipulación sienta sus reales desde la maravilla tecnológica de la comunicación instantánea. Si la moda del debate sirve para la difusión de las ideas, no está mal. El problema empieza cuando alguien juzga y decide el ganador, con lo que se desvirtúa el asunto que debiera ser meramente informativo, meramente propagandístico, meramente de identificación de rostros, programas y respuestas.

En la medida en que la gente deja de leer las proclamas políticas, ignora los programas de campaña, las declaraciones de principios y las plataformas electorales, más se atiene a los productos pre-digeridos y procesados por la televisión. Una vez perdida la capacidad de juicio independiente, la humanidad juega a la política en modelos a escala cada vez menos compleja, de una simplificación aparente que permite a los ciudadanos televidentes obviar los escarpados escenarios de la realidad, así que, a ejemplo de la Drosophila melanogaster (mosca de la fruta), “tomamos decisiones” que nos evitan algún peligro, reaccionamos a los estímulos con una matriz conductual hedonista y nos hacemos la ilusión de que la evasión suple la toma de decisiones. La evasión a los estímulos dolorosos nos lleva a evitar otra decepción, a ahorrarnos el dolor y la frustración de ver nuestro voto hecho talco, de “perder” junto con nuestro candidato, las esperanzas de algún cambio que sea positivo para la economía familiar, la democracia y la justicia.

La mosca de la fruta evita aquello que signifique un peligro para su vida, pero busca los azúcares que percibe con su olfato y, de repente, la encontramos sobrevolando una copa de licor, alguna fruta, con una precisión olfativa que nos asombraría si nos fijáramos en ella. La televisión genera una especie de mosca humana, con un cerebro bastante simple en comparación con el ser humano común, percibe los estímulos y responde a ellos. A mayor permanencia frente al televisor mayor dependencia, hasta que las más o menos 100 mil millones de neuronas resultan ociosas y bastan unas 200 mil, como la mosca de la fruta, con esa simplicidad mágica que ayuda a estudiar al cerebro humano, observando su funcionamiento.

Quizá los publicistas, mercadólogos, diseñadores de imagen y demás profesionales de la mentira, han estudiado el cerebro y las reacciones del hombre mínimo, el Homo videns, en palabras de Sartori, que pasa su tiempo frente a la tele y que se sintoniza con el conductor de noticias de su preferencia, sorbiendo cada palabra, cada gesto, cada intención, con untuosa reverencia y, en la vida cotidiana, repite mecánicamente el discurso y sus distorsiones, como mantra salvador ante la terrible incertidumbre de tener que pensar y decidir independientemente.

El horror de ser y de tomar decisiones se ve claramente expresado en las temporadas electorales. ¿Para qué comprometer el voto? ¿Para qué participar? ¿Para qué arriesgar la incomodidad y el malestar ciudadano que forma parte de nuestras inercias? El cambio y sus horrores es una situación evitable porque el olfato indica que la toma de decisiones es azarosa, genera angustia y, después de todo, los demás son los que debieran hacer algo, porque uno solo no la hace. La mosca televisiva o radiofónica, decide evadir el trauma de hacer algo y se reserva para la temporada de lamentaciones después de las elecciones. ¿Votar? ¡Si ya está todo cocinado!

En un arrebato de auto-conmiseración, el ciudadano decide dejar de serlo y no ejerce su derecho al voto, o permite que otros le insuflen en la mente la idea de que vale más dejar en blanco la boleta, para que así el fraude no lo sea tanto y otros puedan llenar a gusto el espacio ciudadano dejado al libre juego de los manipuladores electorales.

La mosca electoral es selectiva y busca los espacios de nulidad necesarios para seguir lamentado resultados electorales, sin verse en el predicamento de cruzar una boleta a favor de opciones distintas a las tradicionales. Está próxima la ocasión de ver rondar las casillas de votación a algunos ejemplares de votante con cerebro simplificado. Será una excelente ocasión para estudiar los mecanismos de la manipulación llevados a niveles de excelencia, aunque, desde luego, la democracia se cuece aparte.

En conclusión, los debates pueden ser un mecanismo antidemocrático por sus virtudes de manipulación mediática, y una forma de evadir las disposiciones del IFE que establecen, por otra parte, una fecha límite para hacer propaganda electoral. Quizá basten los tiempos oficiales dedicados a la propaganda si todos los candidatos tienen los mismos medios a su alcance, porque de otra manera, se le estaría coartando al ciudadano el derecho a estar informado y decidir. Parece que el camino a la democracia es largo, pero nadie lo puede hacer por nosotros. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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