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Los hilos de la dependencia Por: José Darío Arredondo López |
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México se encuentra oficialmente (Banco de México) en una situación que, aparte de lamentable, supone falta de oficio de sus diseñadores o una muy bien aprendida lección de sabotaje a la economía nacional por parte de depredadores afiliados a la central terrorista que está en Washington y que se encarga de hacer depender a los países, lo más que se pueda, de las falacias neoliberales que ponen en el altar de los sacrificios del mercado a todos aquellos países que están dispuestos a agacharse y dejar que hagan de ellos lo que los “hombres rubios y barbados” quieran. Lo anterior tiene sentido si se considera que las exportaciones nacionales solamente o, predominantemente, van dirigidas al consumidor gringo, por lo que cualquier cambio a la baja del consumo, bajan también nuestras expectativas de venta y la oferta queda reducida a costos que se traducirán en pérdidas. El negocio de trabajar para un solo demandante si bien es cierto que facilita los trámites correspondientes a las transacciones bilaterales, nos convierte prácticamente en dependientes absolutos de la buena o mala situación del cliente, lo que no es, para nada, una situación deseable. Lo anterior no quiere decir que solamente tengan un solo canal nuestras exportaciones, sino que el peso de la economía gringa no tiene ninguna posibilidad de verse compensado por ser de tal magnitud que hace irrelevante en resto de las relaciones comerciales. Esto nos engancha al diseño de política económica de la potencia extranjera y sugiere las siguientes situaciones: Los gringos pasan por un período en el que se suman el control y el establecimiento de prioridades restrictivas en el gasto, la contracción en el consumo privado por pérdida de la capacidad adquisitiva, los recortes de personal en todos los sectores y los costos de la reactivación económica que se intenta a partir de asignación de montos extraordinarios para el rescate de empresas en problemas financieros. El Estado interviene en la economía para paliar los efectos de la crisis inmobiliaria y sus derivaciones en otros campos de actividad económica; la idea de la autorregulación del mercado colapsa y caen en el descrédito las ideas del liberalismo económico (clásico y neoclásico), lo que compromete seriamente la validez de los supuestos neoliberales y hace que se despierten serias (aunque obvias) dudas sobre la pertinencia y buen sentido de mantener los principios del consenso de Washington. Mientras que los países latinoamericanos han iniciado una seria reflexión acerca de su dependencia económica y política con el extranjero, y buscan formas de lograr su independencia y el uso soberano de sus recursos naturales (energéticos, marinos, biodiversos entre otros), México sigue siendo proclive a mantenerse bajo el ala protectora del extranjero, renunciando a diseñar política económica desde hace poco más de 20 años, suscribiendo un contrato matrimonial con el neoliberalismo que cada ciclo le pasa facturas como si de divorcio se tratara. Es obvio que en esta relación de desiguales, por la marcada diferencia que existe entre el desarrollo del aparato productivo gringo y el nuestro, las ventajas que pudieran existir en la relación están reservadas al polo dominante o desarrollado, con lo que el papel de México cae en las definiciones del atraso y la dependencia, con el agravante de que la ausencia de una política de corte nacionalista permite suponer una omisión voluntaria de parte del gobierno para cumplir con sus obligaciones constitucionales. El no proveer lo necesario para el cumplimiento de los artículos 25 y 26 de la Constitución Política (acerca de la rectoría económica del estado para el desarrollo integral y la obligación de planear y tomar las medidas para hacerlo posible), sugiere la ausencia de voluntad de cumplir con obligaciones que son elementales, con lo que la rectoría del estado en materia económica y de desarrollo queda reducida o nulificada y, por tanto, expuesta a ser relevada por otra entidad que cubra lo que el estado a través del gobierno no puede. Aquí aparece el mercado como sustituto de la acción pública. En este caso, el gobierno se desentiende de funciones que debiera desempeñar y contribuye con esto a la desintegración social y la anulación del principio de autoridad que permite la observancia plena del derecho. El poder (categoría eminentemente política) al ser disputado por el mercado, genera un sistema de relaciones donde el interés público se subordina al privado, con preeminencia del afán de lucro y mecanismos de exclusión social basados en el poder adquisitivo y los méritos atribuidos a la posición económica de los sujetos. En este sentido, un gobierno declinante o fallido supone la emergencia de un poder privado de carácter oligárquico que es, por otra parte, la expresión de las desigualdades profundas en el sistema de distribución del ingreso. La evidente inequidad del sistema, aunada a la deficiente función pública propicia la ruptura de la convivencia y polariza a la sociedad, de manera que resulta irreconciliable el interés público y el privado, dando paso a brotes cada vez más fuertes de violencia y criminalidad. La responsabilidad del gobierno en la destrucción del tejido social es directa, clara e intransferible, de manera que el supuesto de que “es la sociedad la que manda”, queda en la colección de frases sin sentido que pronuncian los funcionarios de manera ligera y sin recato, toda vez que ha sido el propio gobierno quien ha quitado poder a la sociedad al cederlo a agentes privados en busca de hacer negocios a costa de lo público. La sociedad entre economías estructuralmente desiguales, tiene como consecuencia relaciones igualmente asimétricas, donde uno busca la expansión de sus mercados a costa de la producción y la prosperidad del otro, de manera que, por ejemplo, lo que era antes una economía con ciertas ventajas en la producción de alimentos en cuanto a su variedad y cantidad, ahora depende de importaciones que antes no hacía porque era autosuficiente. A pesar de las evidencias de la dependencia alimentaria, México se apresura a cumplir los deseos de Monsanto y otras trasnacionales para introducir en el campo mexicano productos genéticamente modificados, lo que empobrece a los productores tradicionales, reduce sustancialmente las cosechas de variedades nativas y daña seriamente la biodiversidad, al mismo tiempo que pone en riesgo la salud de los consumidores. Por parte de los vecinos del norte, el control de los activos petroleros y energéticos en general se convierte en fuerte atracción que alcanza dimensiones de imperativo estratégico, que junto con el control del agua se traduce en razones de seguridad nacional. Las medidas de control que impone una potencia hegemónica a sus vecinos subdesarrollados, pasan por ser declaraciones de cooperación internacional bajo los supuestos de la lucha contra el terrorismo o el narcotráfico, lo que conlleva el establecimiento de formas de intervención en los asuntos internos de la nación como son los ligados a las tristemente célebres “certificaciones” por parte de Estados Unidos a otros países, entre ellos México. Ahora los mecanismos de control e intervención se ligan a la recepción de fondos económicos para el combate a la criminalidad, lo que incluye la supervisión y control de las operaciones y los insumos requeridos, por parte del país que aporta los recursos. La relación que se establece aquí es económica bajo la cobertura de la colaboración en asuntos etiquetados como de seguridad nacional y de combate al narcotráfico. Así se abren boquetes en los sistemas de información policial, en el entrenamiento de los agentes de la ley, en el diseño de estrategias y la táctica de combate, como en el marco legal en el que operan las agencias especializadas en el combate al crimen organizado. Al final, se tiene un sistema judicial controlado por el extranjero y una estructura de defensa nacional vulnerada y supervisada desde fuera. En estas condiciones, al control económico se suma el control político y militar del país colonizado, reforzando los vínculos de la dependencia que va de lo económico a lo político e ideológico. En estas condiciones se puede suponer que el interés y las prioridades del extranjero son nuestras, con lo que se convierte lo falso en verdadero. Esta transformación de lo falso en verdadero se advierte con claridad en la política exterior mexicana, que ha dado un giro dramático al permitir que tropas nacionales participen en ejercicios navales coordinados por Estados Unidos, situación inaugurada por el actual gobierno y que se suma a la serie de concesiones a favor de la militarización de América latina bajo el influjo de Estados Unidos. El caso de Colombia es claro. El golpe de estado en Honduras aporta elementos de juicio acerca de la ola neo-macartista que azota el continente, ahora expresada en el temor a la influencia de Hugo Chávez y la Alianza Bolivariana de las Américas. Los oscuros tiempos de la guerra fría parecen estar presentes y la vida cotidiana de América Latina registra las pugnas entre los sectores progresistas ligados a las causas populares y el populismo de derecha que se ata a los designios de control, supervisión y coordinación policiaca y militar de Estados Unidos, que cruzan por los incentivos a la corrupción y al entreguismo de los gobiernos que aceptan las dádivas del extranjero. La demanda de drogas del consumidor gringo se revierte en culpa y omisión por parte del país proveedor, productor o de tránsito, muchas veces financiado por los propios vecinos del norte y apertrechado por ellos mismos para el “combate al narcotráfico”. Negocio redondo que inicia y termina en el mismo lugar, las entrañas del complejo militar-financiero de Estados Unidos. Pero, la política con nuevo rostro de Obama opta por persuadirnos que los problemas generados por ellos son nuestros y, con su ayuda y supervisión, los vamos a resolver. Origen y destino se vuelven la misma cosa, en manos del vecino incómodo. En estas condiciones, ¿no cree que sería conveniente hacer un alto en el camino y replantear nuestra relación con el extranjero? ¿No le parece que debiéramos pensar en nuestro propio beneficio como nación en el marco de una economía abierta? ¿No le parece una buena idea alentar la industrialización del país bajo supuestos propios? ¿Verdad que pudiéramos diseñar política económica propia, es decir, centrada en prioridades de desarrollo con una visión nacionalista? Porque talento hay. Sólo falta voluntad para cortar los hilos de la dependencia. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com “notas sueltas” en. http://jdarredondo.blogspot.com |
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