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Estado de Derecha e Izquierda Por: Mtra. María Alicia Junco Esteban |
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María Alicia Junco Esteban es Profesora de tiempo completo del Departamento de Derecho del ITAM
Es imposible como decía Voltaire "en nuestro desdichado globo que los hombres viviendo en sociedad no estén divididos en dos clases, la una de opresores y la otra de oprimidos; y estas dos se subdividen en mil y esas mil tienen aun matices diferentes." Es claramente racional para los hombres asegurarse el respeto a sí mismos. Es necesario tener un sentido de su propio valor si es que se ha de perseguir una concepción del bien con satisfacción y sintiendo placer en su realización. El respeto a sí mismo no es tanto una parte de cualquier plan racional de vida, como el sentimiento de que vale la pena llevar a cabo el propio plan. Ahora bien, el respeto a nosotros mismos depende normalmente del respeto a los demás. Así pues, un rasgo deseable de una concepción de la justicia es que debería expresar públicamente el respeto mutuo entre los hombres. De esta manera se les asegura el sentido de su propio valor. En la interpretación contractual, tratar a los hombres como fines en sí mismos implica, por lo menos, tratarlos conforme a principios en que ellos convendrían en una posición original de igualdad. La tesis contractualista en tanto que tal, define un sentido según el cual los hombres han de ser tratados como fines y no sólo como medios. (La teoría de la Justicia, John Rawl). Ahora bien, dado que el tema de esta mesa así lo requiere, vale preguntarse: ¿Qué es un Estado de derecho? Según Elías Díaz es el estado sometido al derecho o mejor, el Estado cuyo poder y actividad vienen regulados y controlados por la ley siendo cuatro sus características necesarias: 1.- El imperio de la ley como expresión de la voluntad general. 2.- La división de poderes. 3.- La legalidad de la actuación administrativa 4.- La garantía de los derechos humanos fundamentales, que incluyen tanto los derechos civiles y políticos de carácter originariamente liberal como los derechos económicos y sociales de construcción socialista. Por Estado de Derecho se entiende en general, un Estado en el que los poderes públicos son regulados por normas generales y deben ser ejercidos en el ámbito de las leyes que los regulan, salvo el derecho del ciudadano de recurrir a un juez independientemente para hacer reconocer o rechazar el abuso o exceso de poder. Además, cuando se habla de estado de derecho en el ámbito de la doctrina liberal del Estado, es preciso agregar a la definición tradicional una determinación subsecuente: la constitucionalización de los derechos naturales o sea la transformación de estos derechos en derechos protegidos jurídicamente, es decir, en verdaderos y propios derechos positivos. Son parte integrante del Estado de Derecho todos los mecanismos constitucionales que impiden u obstaculizan el ejercicio arbitrario e ilegítimo del poder y dificultan o frenan el abuso, o el ejercicio ilegal. Los más importantes de estos mecanismos son: 1.- El control del poder ejecutivo por parte del poder legislativo. 2.- El control eventual del parlamento en el ejercicio del poder legislativo ordinario por parte de una corte jurisdiccional a la que se pide el establecimiento de la constitucionalidad de las leyes. 3.- Una relativa autonomía del gobierno local en todas sus formas y grados frente al gobierno central. 4.- Un poder judicial independiente del poder político. Para Norberto Bobbio, la teoría moderna del Estado está concentrada totalmente en la figura de la ley como fuente normativa principal de las relaciones de convivencia, contrapuesta a la figura del contrato, cuya fuerza normativa está subordinada a la de la ley y se desarrolla solamente dentro de los límites de validez establecidos por ella, y en el mejor de los casos reaparecer, bajo la forma de derecho contractual allí donde la soberanía de cada Estado choca con la de los otros Estados. Aún allí donde el origen del Estado se hace remontar a un pacto original tiene por objeto la atribución a una persona, no importa si natural (el Rey) o artificial (la Asamblea) del derecho de imponer la propia voluntad mediante aquel tipo de norma general obligatoria totalmente colectiva que es precisamente la ley. La idea de la comunidad política, desde la polis griega hasta el estado moderno, está íntimamente vinculada, en contraste con el estado de naturaleza a la idea de una totalidad que mantiene unidas a las partes, que de otra manera estarían en perpetuo conflicto entre ellas. Lo que asegura la unidad del todo es la ley. Las Constituciones las hacen las fuerzas políticas: las haces cuando las emanan, y las hacen y rehacen libremente cuando las aplican. En una sociedad democrática las fuerzas políticas son los partidos organizados: organizados en primer lugar para arrebatarse los votos, para hacerse del mayor número de ellos. Estos son los que requieren y obtienen el consenso. De ellos depende la mayor o menor legitimación del sistema político en su conjunto. El término democracia desde siempre ha indicado una entidad política una forma de estado y de gobierno, y así ha permanecido como la acepción primaria del término pero hoy también se habla de democracia social y democracia económica en donde la primera tiene un espíritu igualitario que revela una sociedad que exige a sus propios miembros, verse y tratarse socialmente como iguales y la económica que está por la eliminación de los extremos de pobreza y riqueza y en consecuencia, por una redistribución que persigue el bienestar generalizado. La representación de la democracia se ha invertido desde el siglo XVIII pero el temor a una dictadura nacional revolucionaria y sobre todo el predominio creciente de los problemas económicos sobre los embates políticos, reemplazaron en el siglo XIX la idea de soberanía popular por la de un poder al servicio de los intereses de la clase más numerosa, y la idea de nación por la del pueblo, antes de que éste se transforme a su vez en clase obrera. Más generalmente, la democracia se volvió representativa y, de Benjamín Constant a Norberto Bobbio sus principales pensadores han hecho de ella una definición central de la libertad de los modernos; lo cual introducía, junto a los principios universalistas de la libertad y la igualdad, el respeto a los derechos de los trabajadores aplastados por la dominación capitalista. La política democrática asoció mucho tiempo en el tema central del progreso la idea de modernidad, e incluso de racionalización, con esa defensa de intereses de clase ese equilibrio entre lo universal y lo particular, la razón y el pueblo, se rompió a su vez y la imagen de la democracia se revela más defensiva. Los que un día se consideraron como ciudadanos que descubrieron que el poder era una creación humana y que su forma podía ser transformada por una decisión colectiva, dejaron de creer sin reserva en las tradiciones o en el derecho divino. La soberanía del pueblo y los derechos del hombre parecieron en ese momento fundar las dos caras de la democracia: el hombre firma su libertad al erigirse como ciudadano y es la creación de la República, la que aporta la garantía más sólida a los derechos individuales. Pero la historia de la democracia es la historia de la separación progresiva de esos dos principios: de la soberanía popular y de los derechos del hombre. La idea de soberanía popular ha tendido a deformarse en la de un poder popular que hace poco caso de la legalidad y se carga de aspiraciones revolucionarias, mientras la defensa de los derechos del hombre se ha reducido con demasiada frecuencia a la defensa de la propiedad. Por su parte, Norberto Bobbio cree posible que una democracia junto con declarar y proteger las libertades de las personas, avance en pos de una sociedad más igualitaria desde el punto de vista de las condiciones materiales de vida. El mismo autor se inspiró sobre todo en el ideal de libertad, pero es ilógico ocultar que la libertad de iniciativa económica ha creado enormes desigualdades no sólo entre hombre y hombre, sino también entre Estado y Estado. Por su parte, el socialismo se inspiró sobre todo en el ideal de igualdad. Ante esta situación desde un punto de vista hipotético se tendría que coincidir en que quienes ejercen el poder democráticamente pueden trabajar tanto a favor como en contra de una mayor igualdad en las condiciones materiales de vida de la gente y esto dependerá de quienes ganen las elecciones y del tipo de programa que ejecuten después y ofrezcan mejores garantías de una sociedad más igualitaria. Sin embargo, también esto es contradictorio y en el mundo actual vemos experiencias como la de Francia con Le Pen que en la primera vuelta dejó sin oportunidad a la izquierda tradicional de ese país y la gente se volcó no buscando una sociedad igualitaria sino buscando una sociedad clasista eliminando a los que buscan en otros lados el vivir en forma tal que permita ejercer el derecho primordial del ser que es el subsistir. La lucha por el poder en Francia de la derecha contra la ultraderecha nos ha enseñado el camino de que el neoliberalismo no es la salida adecuada para una sociedad igualitaria teniendo como ejemplo también el que al acabarse o mejor dicho autodestruirse el mundo comunista hoy en día el capitalismo se encuentra con más acciones bélicas que cuando existía la guerra fría, con más pobreza que cuando existía la competencia con el socialismo y con más extrema pobreza que la que hubo en el mundo desde su nacimiento hasta hoy. No se equivoca quien afirma que todas las ideologías del mundo contemporáneo nacen con la Revolución Francesa y con los principios de los derechos humanos. En el curso de la Revolución Francesa el nombre de socialismo fue totalmente marginal. Para llegar a las ideas que caracterizan al socialismo, era necesario que la Revolución industrial llegara primero a alguna madurez y sobre todo debía llegar con toda su evidencia el grito de dolor que resultaba de ella. Liberalismo y democracia, junto a socialismo y comunismo, son las etiquetas que compendian la lucha política de los siglos XIX y XX. Desde 1849, Louis Blanc de tendencia socialista no marxista sostenía que "el sufragio universal estará viciado en su aplicación mientras una vasta reforma social no acabe con los azotes de la ignorancia y la miseria. Las reformas debían hacer posible que la gente tuviera acceso a la educación, la vivienda, el trabajo, la alimentación, el bienestar". Estas reformas propiciarían la base igualitaria indispensable para que las libertades fuesen realmente patrimonio de todos. Desde este punto de vista, Blanc criticó el individualismo liberal y en su lugar propuso la fraternidad o solidaridad socialista. Giovanni Sartori manifiesta que en los mapas antiguos las tierras desconocidas eran indicadas con "aquí están los leones". Nosotros estamos entrando en un mundo pleno de leones. Algunos, identificados plenamente como el problema demográfico y la hambruna y la amenaza permanente y constante del colapso económico, pero otros leones son animales hasta hoy pendientes de identificar y harto desconocidos. Nos espera un futuro lleno de incógnitas. Para empezar, esta incertidumbre: ¿Qué cosa será la izquierda? El fin de las ideologías no es, por eso mismo el fin de la derecha y la izquierda. Pero para navegar en los mares de la política de masas siempre es necesaria una brújula cuyo norte-sur llega a ser, en política, derecha-izquierda. Todos los viejos criterios de identificación de la izquierda y la derecha en los años 90 se despedazaron. Lo que no quita que aquellos que se sienten de izquierda continuarán declarándose como tales. "Izquierda es una bandera que no será arriada; y el enemigo de la izquierda -la derecha- es el único, o de cualquier manera, es el mejor enemigo que queda." Para el liberalismo, primero nace el objeto y mucho después la palabra. Para el socialismo primero nace la palabra después el objeto. Para el liberalismo el tránsito del objeto a la palabra exigió tres siglos; para el socialismo el tránsito de la palabra al socialismo marxista aconteció en cerca de dos decenios. Es cierto que en el final del siglo XX, vemos sobre todo desplazarse el péndulo de la historia de la izquierda hacia la derecha: después del colectivismo, el individualismo; después de la revolución, el derecho; después de la planificación, el mercado. Y esa tendencia aparece como una revancha de "la naturaleza" aprisionada demasiado tiempo por la dictadura de los aparatos y las ideologías. Como la razón misma, la sociedad era una expresión deidista del antiguo espíritu religioso, una nueva forma de alianza entre el hombre y el universo. Esa alianza ya no puede existir y es esa ruptura entre el orden humano y el de las cosas lo que nos hace entrar en plena modernidad. La moral, ya no puede enseñar la conformidad con un orden. Debe invitar a cada uno a tomar la responsabilidad de su vida, a defender una libertad que está muy alejada de un individualismo abierto a todos los determinismos sociales, pero que gestiona las relaciones difíciles entre los fragmentos estallados de la modernidad racionalista, la sexualidad, el consumo, la nación y la empresa. Desde el principio de los años 80 las desigualdades se han incrementado fuertemente en el mundo porque los países industrializados han respondido a la crisis de los años 70 mediante un salto tecnológico hacia delante sin precedente, mientras vastas regiones del tercer mundo y de los países intermedios sufrían un retroceso dramático. Desde 1968, vivimos la crisis y la descomposición de la sociedad industrial, de su campo natural, de sus actores sociales, de sus formas de acción política. A principios de los años 80 esta crisis llegó a su término hasta el punto de que ya no se percibe otra cosa que la oposición de dos mundos, el del cálculo económico y el de la identidad cultural, y los peligros que amenazan al planeta si continúa lanzándose a un desarrollo incontrolado. Sin embargo, la izquierda o la llamada izquierda no ha encontrado la bandera o banderas que puedan rescatar al mundo de esa injusticia que es el capitalismo actual. Quizás como decía Venustiano Carranza "una revolución que transige es una revolución perdida" y la izquierda mexicana transigió. En su lucha obtuvo reconocimientos, obtuvo beneficios para sus representados, obtuvo mejores condiciones de vida, de trabajo, de salud, de educación si no hubiera sido por ese movimiento no se hubieran tenido nunca. Sin embargo transigió. Tuvo que transar en los despidos de trabajadores, tuvo que transar en las jornadas reducidas y en menores salarios, tuvo que transar en la desocupación como concepto y en las creaciones de los lumpen que en los primeros mundos se crearon para esa clase de trabajadores migrantes que buscaban el sol en otro lado y lo único que han encontrado es la oscuridad y la desesperanza. Mientras la izquierda no asuma su papel y deje de transigir, el neoliberalismo, el Estado reducido, el auge de las transnacionales y el mercado libre imperarán terminando con la democracia y haciendo que la pobreza extrema cada vez sea mayor. Como dice Viviane Forrester, "en el curso de la historia la condición humana muchas veces recibió peores tratos que ahora, pero eso sucedía en sociedades que necesitaban a los seres vivos para subsistir. Grandes masas de seres vivos subalternos. Esto ya no es así. Por eso se vuelve tan grave, sí, gravísimo observar el rechazo inexorable de quienes ya no son necesarios, no para los demás hombres sino para una economía de mercado en la que han dejado de constituir una fuente potencial de ganancias. Y se sabe que no volverán a serlo". Estamos viviendo tiempos difíciles y críticos. El mundo político se ha cerrado poco a poco sobre si mismo, sobre sus rivalidades internas, sus problemas y sus apuestas. Como los grandes tribunos, los políticos capaces de comprender y expresar las expectativas y reivindicaciones de sus electores son cada vez más raros y distan de situarse en el primer plano en sus formaciones. Los futuros dirigentes se designan en los debates televisivos o los cónclaves de aparato. Los gobernantes están presos de un entorno tranquilizador de jóvenes tecnócratas que a menudo ignoran prácticamente todo lo referente a la vida cotidiana de sus conciudadanos, y a quienes nadie recuerda esa ignorancia. Y sin embargo, están presentes todos los signos de todos los malestares que, por no encontrar su expresión legítima en el mundo político, se reconocen a veces en los delirios de la xenofobia y el racismo (para muestra la ultraderecha). Malestares inexpresados y con frecuencia inexpresables, que las organizaciones políticas, que para pensarlos sólo disponen de la categoría anticuada de "lo social", no pueden ni percibir ni asumir. No podrían hacerlo sino con la condición de ampliar la visión mezquina de lo "político" que heredaron del pasado e inscribir en ella no sólo todas las reivindicaciones insospechadas que los movimientos ecológicos, antirracistas o feministas, entre otros, llevaron a la plaza pública, sino también todas las expectativas y esperanzas difusas que, por afectar a menudo la idea que la gente se hace de su identidad y su dignidad, parecen competer al orden de lo privado y por tanto estar legítimamente excluidas de los debates políticos. Una política realmente democrática debe darse los medios de escapar a la alternativa de la arrogancia tecnócrata que pretende hacer la felicidad de los hombres pese a ellos, por una parte, y por otra, la dimisión demagógica que acepta, sin una mínima modificación, la sanción de la demanda, ya se manifieste a través de las encuestas de mercado, las mediciones de audiencias o la popularidad. Los progresos de la "tecnología social", en efecto, son tales que en cierto sentido se conoce demasiado bien la demanda aparente, actual o fácil de actualizar. La verdadera medicina, siempre según la tradición hipocrática, comienza con el conocimiento de las enfermedades visibles, vale decir, de los hechos de los que el enfermo no habla, ya sea porque no tiene conciencia de ellos o porque olvida comunicarlos. Sucede lo mismo con una ciencia social preocupada por conocer y comprender las verdaderas causas del malestar que sólo se expresa a la luz del día a través de signos sociales difíciles de interpretar por ser, en apariencia, demasiado evidentes. Los desencadenamientos de violencia gratuita, los crímenes racistas, los éxitos electorales de los profetas de la desgracia, apurados por explotar y ampliar las expresiones más primitivas de sufrimiento moral que, tanto como la miseria y loa violencia inerte de las estructuras económicas y sociales, y aún más que estas, engendran todas las pequeñas miserias y violencias leves de la existencia cotidiana. Para ello, hay que remontarse a los determinantes económicos y sociales de los innumerables atentados a la libertad de las personas, a su legítima aspiración a la felicidad y la autorrealización, que plantean hoy no sólo las implacables coacciones del mercado laboral o habitacional sino también los veredictos del mercado escolar o las sanciones abiertas o las agresiones insidiosas de la vida profesional. Lo seguro, en todo caso, es que nada es menos inocente que el lasse faire: si es verdad que la mayoría de los mecanismos económicos y sociales que están en el origen de los sufrimientos más crueles en especial los que regulan el mercado laboral y el mercado escolar, son difíciles de frenar o modificar, lo cierto es que toda política que no aproveche plenamente las posibilidades, por reducidas que sean, que se ofrecen a la acción y que la ciencia puede ayudar a descubrir, puede considerarse culpable de no asistencia a una persona en peligro. El sistema capitalista se caracteriza por tres contradicciones fundamentales, tanto más esenciales cuanto que el sistema ni siquiera se plantea la necesidad de superarlas. Estas tres características fundamentales son: 1.- Una relación de producción esencial la cual conlleva un estatuto particular de enajenación del trabajador y supone leyes económicas específicas del capitalismo. 2.- Una polarización a escala mundial sin parangón en la historia. 3.- La incapacidad para terminar con una destrucción de los recursos naturales tal que amenaza el futuro de la humanidad. La sociedad moderna se encuentra situada hoy ante una opción. Puede someterse por entero a la lógica de la acción instrumental y de la demanda mercantil, llevar la secularización hasta la supresión de toda imagen del sujeto, limitarse a combinar la racionalidad instrumental y el consumo de masas con la memoria de tradiciones transmitidas y con una sexualidad liberada de las normas sociales. El otro camino que se abre ante ella consiste en combinar racionalización y subjetivación, eficacia y libertad. La razón no se reduce ni al interés ni al mercado, desde el momento en que anima el espíritu de producción y el sujeto no se reduce a la comunidad, al ego colectivo, desde el momento en que apela a una libertad inseparable de trabajo crítico y de la razón. Ya no hay confianza en el progreso; ya no se cree tampoco que el enriquecimiento arrastre consigo la democratización y la felicidad. No pertenecemos ya a una sociedad, a una clase social, o a una nación, en la medida en que nuestra vida está en parte, determinada por el mercado mundial y , por otra parte encerrada en un universo de vida personal, de relaciones interpersonales y de tradiciones culturales. Los movimientos sociales, los de la burguesía revolucionaria; luego el movimiento obrero; por último, los nuevos movimientos sociales cuyos objetivos son más culturales que económicos, apelan cada vez de forma más directa a la combinación de la razón y del sujeto, separando de manera creciente de un lado la razón de la sociedad, del otro el sujeto del individuo. La modernidad es el diálogo entre la razón y el sujeto que no puede romperse ni acabarse, el que mantiene abierto el camino de la libertad. El panorama como se aprecia está cargado de dificultades. Las dos mayores vertientes del socialismo han sufrido serios descalabros. La socialdemocracia, de una parte, ha debido enfrentar la crisis y la agresividad neoliberal y neoconservadora, y aunque ha logrado mantener bastiones importantes los acontecimientos la han dejado mal parada. El comunismo cayó por su propio peso, esto es, por la serie de errores acumulados a lo largo de décadas de burocratismo y opresión. Delante de estas circunstancias, es relevante preguntar ¿aun tiene sentido la causa del socialismo? Hay que admitir que existe una especie de desencanto: si algún día el ideal del socialismo animó las esperanzas de hombres y mujeres sinceramente comprometidos con la misión de alcanzar mejores formas de vida, ahora, después de haber visto su aplicación se ha vuelto impopular. Y sin embargo los problemas de los cuales brotó subsisten. Este es el punto que hay que tomar seriamente en consideración. Lo imperativo es remontarnos al patrimonio doctrinario del socialismo para rescatar lo que todavía es válido y desechar lo que las duras réplicas han dejado atrás. Es imprescindible recuperar los valores bajo los cuáles se construyó la izquierda. Termino con unas palabras de Julián Besteiro, Secretario General del Partido Socialista Obrero Español en la segunda República "para mi y creo que para todos, el término de la obra que haya de satisfacer las ansias de justicia social se condensa en una fórmula que hace mucho tiempo fue proclamada. Esa fórmula es la siguiente: en la sociedad se debe demandar el esfuerzo de todos y de cada uno según sus aptitudes y las ventajas, los beneficios, la riqueza, se deben repartir a todos y cada uno según sus necesidades. Lo que hay que hacer es no constituir este ideal en un mero símbolo al cual se preste un acatamiento de adoración externa, sino servirle con los actos, y si en un momento determinado, dadas las circunstancias, no se puede realizar el ideal, estar seguro, sin embargo, de que los actos que se realicen son los que más directamente conducen a que poco a poco o rápidamente nos vayamos acercando a esa meta, y un día podamos pensar que, si no totalmente, el ideal está en gran parte realizado". |
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