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A Mitad de Semana Por: José Darío Arredondo López |
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Puede ser que para usted todos los días de la semana cuenten con las mismas o similares características, que no haya mucha diferencia entre uno y otro, salvo por los eventos de la rutina del trabajo. La semana laboral puede ser una serie de eventos en tonos grises.
Los días miércoles son la mitad de la semana laboral, están en el punto en que la semana cambie de pendiente: los lunes arranca la curva de la recuperación, llega al auge el martes y el miércoles a medio día se alcanza el punto máximo y empieza a declinar por la tarde, hasta que la caída es franca en jueves y el viernes la semana está en su punto de agotamiento. Pues en ese punto de la curva semanal cualquier cosa puede suceder y sucede eventualmente. Le voy a platicar: Durante mi jornada laboral matutina me encontré con un exalumno quien portaba una camiseta con una inscripción que me llamó la atención, así que le pregunté, ¿qué es eso de Hijas de Lilith? Su explicación permitió iniciar una conversación que finalmente derivó en los escabrosos rumbos de la diversidad sexual. Conceptos tan de moda como los de tolerancia, apertura, modernidad, entre otros fluyeron en voz de mi joven interlocutor, con que me di cuenta de lo siguiente: La bandera de los derechos humanos es retomada por muchos y modificada de manera que se asuma que el respeto y la tolerancia deben ser ilimitados e incuestionables cuando se trata del sexo. Debe, asimismo, tomarse por avanzado, progresista, abierto y tolerante el que acepte cualquier cosa que venga de los homosexuales que organizados o no reclamen el reconocimiento de sus inclinaciones como patrimonio cultural de la humanidad o como una práctica normal que debe ser reconocida social y legalmente en aras de la pluralidad. Debe considerarse pecado social el oponerse a las uniones entre personas del mismo sexo en forma de contratos civiles conyugales, por el respeto a los derechos civiles, y de la misma manera, se debe permitir que los homosexuales en pareja adopten hijos. Los argumentos del joven de referencia se centraron en la adjetivación y en la idea de evolución social. Señalaba que la homosexualidad y su reivindicación en el catálogo de los logros sociales es parte de la evolución de la sociedad, es decir, una situación que supone progreso. En este tenor, entonces no es “inclinación”, sino “preferencia” sexual, la cual se connota como producto de las libertades del sujeto. Así las cosas, es señal de libertad elegir el sexo de la pareja, siendo por tanto un derecho que debe ser reconocido por el Estado. La libertad no está, de manera inédita en este caso, ligada a la necesidad social, es decir, a aquello que la naturaleza humana reconoce como necesario para la preservación de la especie y que el derecho tanto civil como eclesiástico consagra en forma de matrimonio. En este tenor se considera igual el tener una pareja del mismo sexo tanto como de otro. Es, según este razonamiento, manifestación de democracia, de tolerancia y pluralidad. A quienes se opongan alegando cuestiones naturales se les adjetiva de “homofóbicos”, palabra que no significa nada pero que igual asusta a los ignorantes y timoratos. Lo que se entiende de esta situación es que la naturaleza está pasada de moda, que el hecho de que sólo las mujeres puedan embarazarse en sociedad con un hombre puede discutirse en aras de la tolerancia y de los buenos deseos de hombres “atrapados en cuerpos de mujer” o también de mujeres “atrapadas en cuerpos de hombre”. Dichas equivocaciones en vez de ser consideradas casos psiquiátricos, pasan por ser banderas de lucha a las que no hay más que apoyar, porque de lo contrario la condena social es fulminante: de inmediato el calificativo de “conservador”, premoderno, intolerante, etc., se abre paso para incomodar al ciudadano que sabe cómo se hacen los bebés. Si el fin de la unión de un hombre y una mujer no es el fundar una familia en la que se tengan hijos y se les eduque conforme las tradiciones histórico-culturales de la sociedad a la que pertenecen, entonces, ¿de qué sirve o en qué queda el matrimonio? ¿Cuál es su función social si desaparece el apartado de valores y principios en el catálogo de las obligaciones formativas de la familia? Por simple sentido común: ¿qué fines persiguen las parejas del mismo sexo al querer legalizar lo que es, en esencia, una decisión íntima y absolutamente privada que no constituye precedente de generalización social, so pena de que la sociedad deje de serlo? La parodia de una pareja de hombres o de mujeres representando a la unión heterosexual en sus exigencias de legalidad es, si se toma en serio, la expresión festiva de la más elaborada conjura contra el hombre. Es el fin de la sociedad tal como la conocemos y eso, de plano, no significa evolución, en tanto que no se pasa a un estadio superior de relaciones. Simplemente es la negación de la historia humana. Si es una conspiración, no puede ser más que la última edición de las políticas neomalthusianas de que son tan afectos los organismos económicos internacionales: FMI, Banco Mundial, por ejemplo. La descomposición de la familia eventualmente redunda en bajas tasas de natalidad, por lo que se puede seguir destruyendo la familia, la nacionalidad, el Estado, en aras de no destruir el sistema económico internacional. El hedonismo más vulgar y la total deshumanización de la economía generan frutos amargos, pero de fácil promoción: la libertad sexual trasciende la naturaleza y se convierte en objeto de litigio y de reivindicaciones humanitarias. La vida se transforma en su contrario y el sistema financiero internacional gana de nuevo. Me parece que a los homosexuales debe respetárseles como seres humanos y ciudadanos que son. Pero también me parece que ellos debieran entender que los fines sociales del matrimonio están en una dimensión a la que ellos renunciaron por decisión propia, o por imposibilidades de carácter personal, libremente asumidas. Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
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