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Legitimidad Por: José Darío Arredondo López |
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En 1910, Francisco I. Madero ve frustradas sus esperanzas de que la dictadura de Porfirio Díaz llegue a su fin por la vía electoral. Queda claro que el porfiriato se niega a dar paso a la democracia por la vía del voto, queda claro que el sistema basado en una oligarquía terrateniente puede manejar el discurso de la democracia y las instituciones con tal de que éstas solamente sirvan a la perpetuación de la clase política en el poder.
El respeto a las instituciones y el estado de derecho se reducen a instrumentos discursivos que inhiben cualquier intento de cambio, de ruptura de esa inercia perversa que aniquila las posibilidades de progreso del país. La economía depende del exterior en forma alarmante y, carente de un verdadero compromiso con la nación, pulula el inversionista extranjero, reclamando espacios cada vez más amplios de participación en la explotación de la riqueza del país. Díaz encarcela a Madero porque lo considera una molestia y un ruido innecesario en la lucha por la presidencia en 1910. Lo saca de la jugada temporalmente para así poder reelegirse cómodamente. Una elección fraudulenta lo lleva de nuevo a la silla presidencial. Madero, ante el fraude consumado, se lanza en una lucha en la que violenta por necesidad el orden y la legalidad, el respeto a las instituciones y el estado de derecho. Un buen burgués de Coahuila deja atrás la comodidad de la lucha por causes institucionales y se lanza a la Revolución. El reclamo de una elección justa, el reclamo de la legalidad en el cambio de gobierno en el que se vence con votos, es reivindicado por la única vía que queda: la lucha armada. Y es que Porfirio Díaz simulaba elecciones justas, apoyado en un aparato gubernamental domesticado, en una justicia que había dejado de serlo, de tanto prostituirse, de tanto negarse en los hechos. La dictadura de Díaz manejó el discurso de la legalidad y se manejó en el terreno de las apariencias en aval de esa legalidad. Pero olvidó algo esencial para la vida democrática: la legitimidad. Las buenas familias porfirianas se horrorizaron de esa ruptura del orden y la tranquilidad, temieron por sus vidas y haciendas, temblaron ante la sola posibilidad de perder lo logrado durante generaciones de acumular el esfuerzo campesino en fortunas añejas. La prensa se rasgó las vestiduras ante la presencia de los alzados, de esa gente desarrapada, sucia y vociferante que se atrevía a mirar de frente al hacendado, al dueño, a la gente de razón. Una turba de analfabetas, de gente poco refinada y de pequeños burgueses ilustrados ponía en un predicamento la paz y el orden porfirianos, y con él, buena parte de la historia económica y política de México. Como telón de fondo, el país tenía una compleja relación con el exterior, transcurría una transición asimétrica en lo económico y tecnológico con el extranjero, en el que jugaban los intereses europeos y los de Estados Unidos una carrera frenética por los recursos energéticos de México. Madero inicia la gran ruptura con el viejo régimen, con lo que suscita el asombro y la incredulidad, así como el rechazo de las buenas conciencias, de las gentes apegadas a la ley y que creían en la bondad del porfiriato, garante de su tranquilidad, como también lo era de la inequidad, de la insalvable brecha entre ricos y pobres. Don Porfirio era muy bueno, porque permitía engordar al rico, al cacique regional, al militar venal, al fiel por sistema de vida, al convenenciero acreedor de las migajas del régimen. El paternalismo de la época redujo, en la práctica, la posibilidad de crecer democráticamente, de manera que el país contaba con una ciudadanía precaria, minusválida, atrófica. El movimiento iniciado por Madero es, con mucho, contradictorio y esperanzador. Contradictorio porque el propio Madero poseía una idea ingenua de la realidad nacional, y muy pronto entró en contradicciones con sus propios seguidores; pero fue esperanzador porque la ruptura implica una voluntad de cambio dueña de su propia dinámica, que hace aflorar las aspiraciones de muchos, que permanecían dormidas o ignoradas. La violencia de la Revolución fue una respuesta a la violencia de un sistema autocomplaciente, en esencia antidemocrático. El proceso revolucionario termina replanteando las instituciones, transformándolas e instituyendo otras, en un proceso que, ahora lo sabemos, es inacabado, dialéctico. El desfile del 20 de noviembre, era la expresión que pueblo y gobierno daban a la lucha revolucionaria, ahora transformada en un acontecimiento cívico en el que la juventud se manifestaba esperanzadora a través del deporte. El gobierno conservador de Fox suprimió de un plumazo el desfile, como si eso eliminara de nuestra historia y nuestras conciencias de mexicanos la trascendencia de la Revolución. Pero, el 20 de noviembre de 2006, marca un hito en la historia política del país; un hombre se erige Presidente Legítimo de la Nación. Alega fraude electoral. La prensa se rasga las vestiduras y no falta quien lo llame loco, payaso, alborotador, violento y autoritario. El sistema se prepara para convertir en presidente constitucional al candidato oficial, al candidato del sistema y para el sistema. La ley, dicen, debe prevalecer, así como el estado de derecho, la confianza en las instituciones, el respeto a las normas y la preservación del orden y la tranquilidad. Para eso está el Ejército y la Policía Federal Preventiva, ¡faltaba más! Correo electrónico: dalmx@yahoo.com |
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