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Paradojas de una sociedad en crisis
Por: José Darío Arredondo López
¿Cuántos son los muertos que aparecieron hoy? ¿Cuántos decapitados lleva la ciudad en lo que va del año? El saldo del fin de semana, ¿fue sangriento? ¿Cuántos policías renunciaron esta semana? ¿Cuántos representantes de la autoridad sufrieron atentados?

Las anteriores, parecen ser las preguntas obligadas, digamos rutinarias en una ciudad y un país en donde, mientras se enseñan lecciones de valores en las aulas, en las calles la gente se enfrenta al desempleo, la desesperanza, la proliferación de enfermedades sociales que afectan a todos y en todo.

La moral parece cosa de las aulas mientras que la realidad transcurre declarando victorioso al hedonismo y el desenfado como sistema de vida; la visión pragmática de que es bueno aquello que me favorece o que me gusta, termina con cualquier argumento en contra. La conciencia se declara artículo prescindible, casi un estorbo.

La toma por asalto de la sociedad permite que los grupos de personas con intereses distintos al gran conglomerado ciudadano liberen sus frustraciones producto de la condena social. Así tenemos un cambio en el lenguaje que revela la forma en que nosotros, ciudadanos, agachamos la cabeza ante las minorías.

Ahora se declara políticamente correcto ser tolerantes ante el absurdo, porque presentar resistencia es un pecado social; una vez perdida la noción de lo que es real se pierde también la noción del ridículo y, así, tranquilamente podremos cantar alabanzas a la democracia porque dos personas del mismo sexo se “casan”, en medio de flores, manteles blancos y arrumacos.

Los asesinatos a la orden del día reflejan la impunidad de unos cuantos, pero también el grado de descomposición de la sociedad, que se refugia en palabrería hueca a nombre de la democracia y la libertad, ambos conceptos actualmente sin sustancia, merced a su mercantilización, a que ahora sirven como escudo contra la crítica de quienes no aceptan la subordinación a un poder inescrupuloso.

El mercado y el éxito asociado al dinero abren la puerta de la mercantilización de las conciencias. Así las cosas, se asocia la democracia con el comercio y la libertad con cualquier forma de obtener dinero. Se relativiza la moral pública y el gobierno termina siendo el títere de una minoría opresora, o de una potencia extranjera que viene por nuestros recursos.

El gobierno, cuando deja de serlo para convertirse en una agencia privada, permite la expoliación del patrimonio social de las comunidades, es destructivo y sólo contamina.

Al dedicarse preferentemente a favorecer al interés privado, deja de generar empleos permanentes con salarios realmente justos y abandona a sus ciudadanos, sobre todo jóvenes y viejos al libre juego del mercado, acelerando el deterioro de las condiciones sociales con las consecuencias que hoy vemos.

Un gobierno rapaz que usa y abusa de sus facultades para expropiar tierras y predios bien ubicados para darlos a sus socios privados, permite que la mercantilización avance hasta la médula de la credibilidad pública. El gobierno se convierte en uno más de los jugadores en la casa de apuestas que era sociedad pero que dejó de serlo gracias a quien la debía defender.

Las leyes pierden sentido porque no las guía el afán de justicia. Se parcializa el mandato popular y de repente resulta ser democrático legislar a favor de que los homosexuales protagonicen una parodia del matrimonio civil, con flores y beso, llenando mediáticamente lo que de manera natural y objetiva no pueden llenar: una deficiencia que confunde la igualdad con la necesaria diversidad humana.

Por otro lado, el combate al crimen organizado se aborda desde una perspectiva cinematográfica, donde abundan los grandes despliegues escenográficos, el derroche de efectos especiales y, al final, el triunfo de los más aptos para sobrevivir en una sociedad caótica por falta de gobierno legítimo.

La policía podrá armarse hasta los dientes, pero el avance de los negocios de moda, altamente redituables, no se va a parar con frases rimbombantes, con despliegues policíacos profusamente ligados a la generación de la imagen pública del gobernante; en todo caso serán una advertencia para los maleantes por dónde viene la cosa.

La manipulación de la opinión pública es tan grave que somos una sociedad asediada por la mentira y los efectos especiales cinematográficos. La autenticidad se ha perdido en beneficio de los grandes negocios públicos y privados.

Me parece que debemos sustituir la tolerancia impuesta por intereses nefastos por otra que realmente nazca del respeto a la diversidad, a la pluralidad, a la armonía social auténtica, no aquella basada en adormecer la conciencia crítica de la sociedad.

Empecemos por llamar las cosas por su nombre, en forma clara y distinta. Comprometámonos con la verdad, luchemos por la transparencia, hablemos sin temor a la crítica de los que solapan el absurdo a nombre del respeto.

Si el gobierno falla de la manera más pedestre, ¿porqué necesariamente la sociedad debe permanecer en actitud pasiva, mansa, con la conciencia adormecida? Atrevámonos a ser intolerantes ante el ridículo, la falsedad y la manipulación.

Correo electrónico: dalmx@yahoo.com
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